Lecciones de Tierra Santa para gringos y mexicanos

OPINIÓN

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Lo primero que viene a la mente sobre el conflicto árabe-israelí es una perpetua confrontación de tanquetas, explosivos; pedradas y balas que poco tienen que ver con el trato diario entre palestinos y judíos en Tierra Santa salpicado de cariños ancestrales que sobrepasan la hostilidad de las últimas décadas. Basta caminar unos cuantos pasos por Yaffa, la zona histórica de Tel Aviv, para ver a pobladores con camisetas impresas con mensajes como Jews and Arabs refuse to be enemies. Basta hablar con Adina Abler, una ama de casa de Jerusalén, que sufre porque no puede visitar a sus amigos de infancia que viven en Territorio Palestino por miedo a los radicales. Hasta 1948, cuando la ONU repartió el territorio y creó Israel, las relaciones entre la gente en Jerusalén eran “inmejorables” más allá de la religión y el sionismo como bien lo documentaron los escritores Dominique Lapierre y Larry Collins en su libro Oh, Jerusalén. Esa armonía se borró de un plumazo cuando los líderes políticos para ganar territorio obligaron a la gente a chivatear y echar a sus vecinos de sus casas mientras grupos paramilitares de ambos bandos sembraban inseguridad con bombas y disparos al aire hasta hacerse la vida imposible y sembrar odios mutuos. Siguió la intervención de otros países árabes contra los judíos, el desplazamiento de 750 mil palestinos, la victoria hebrea sobre Jerusalén, las intifadas y una hostilidad que nadie sabe cómo terminar. Lejos quedaron las noches en que los jóvenes árabes se reunían en el domicilio de sus vecinos para encender en su lugar las lámparas de aceite que un judío no podía tocar en sábado o les brindaban ofrendas de pan y miel al final de La Pascua mientras que en los días de la sukkoth o "Fiesta de las Cabañas", los judíos ofrecían a los islámicos platos de almendras peladas. Al pasar de las décadas los odios y rencores se han matizado, pero la hermandad dista aún de los años previos a 1948. Guardando las distancias bélicas y religiosas, los mexicanos y estadounidenses tienen varias lecciones que aprender de estas décadas de radicalismo en Oriente Medio, principalmente en las relaciones humanas: no se puede permitir la división de sociedades que aún pueden festejar juntos y con alegría el 4 de julio o el 5 de mayo. La creación de una Liga Antidifamación –una estrategia ideada en 1913 justamente por los judíos para reivindicarse socialmente y defenderse legalmente en Estados Unidos- podría ser un paliativo. El gobierno mexicano solicitó en mayo apoyo a los actuales directivos de la liga judía en los 50 consulados para contrarrestar la mala fama y el odio que despierta Trump, pero aun titubea en crear un proyecto especial e independiente que monitoree a medios de comunicación que difamen al mexicano, abogados especializados y campañas educativas permanentes. Invertir en un proyecto de Liga Antidifamación Mexicana es evitar que la ignorancia atizada con la lengua política de conviertan en desprecios mortales en lugar de admiración y respeto mutuos.   Columna anterior: Migrantes de cuello blanco y migrantes de tráiler