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Del santo al cavernario

OPINIÓN

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Cuando eres mexicano la gente de afuera te identifica con cosas muy específicas: tacos, sombreros y lucha libre. Los tacos definitivamente son una identidad para mí, los conozco todos... (casi todos porque los "machitos" son demasiado hasta para el paseo de la salmonelosis) y de los sombreros no creo que nadie tenga mucho que decir, son enormes, y en general esos gigantescos, de colores y de charro sólo los compran los gringos pensando que se llevan un pedazo de identidad bien mexicana. La lucha libre tendré que admitir que faltaba en mi lista de cosas mexicanas por hacer, y para los que no han ido, en verdad les digo: sí les falta. Después de “chutarme” absolutamente todas las películas de superhéroes gringas me quedaba claro que son la definición aspiracional de esa cultura: cuerpos musculosos embutidos en trajes brillantes, caras perfectas, pelos engominados y condecorados como héroes por ser básicamente asesinos a sueldo de los que ellos consideran ser los malos (exactamente como sustentan sus guerras... de señalar de manera unilateral al "terrorista" y justificarse en aniquilarlo). Pero los héroes mexicanos no son esos, no podrían serlo, porque nada se aleja tanto de nuestro folclor como ese rubio musculoso. Los nuestros son esos luchadores coloridos, esos cuerpos que dictan más presencia en taquerías que en gimnasios, aquellos completamente vulnerables y reconocibles, esos que retratan calles que huelen a comida y personajes que hablan de lo que anhelamos, lo que creemos, lo que nos genera miedo y como en una idiosincrasia bien propia todo, absolutamente todo se puede hacer combo, cubrirse de tela brillante de colores chillantes y darse duelo lleno de humor en un ring que asemeja mucho la vida de nuestras calles. Una realidad fascinante donde el héroe puede hacer de villano, donde la justicia carece de línea y eso la hace aún más perfecta, más transparente, donde el juez se vuelve victimario y el victimario héroe dictado por la pasión, ironía y burla del sin sentido de un público que se deshace en espléndidos insultos, en bromas interminables y en catarsis inminente. Esas son las luchas que lo dicen todo de nosotros, porque sabemos muy bien reír de la tragedia, llorar con el melodrama y entender que en un combate la razón no la tiene nadie, la perfección está en la falla y es debajo del ring donde la magia se crea. Un ritual que a todo mexicano hace falta para quemar todos los demonios al ritmo de mentadas de madre, carcajadas de honestidad y olor a que sin tanto razonar de fondo los mexicanos nos entendemos y nos entendemos muy bien.   Columna anterior: Angelito peludo