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Una de circos

OPINIÓN

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Lo primero que los detractores del marketing satanizan de esta ciencia social es su supuesta utilidad de mentir para vender más. Depende de quién lo realice y su reputación habla. En la reunión del Comité de Marketing del Consejo de la Comunicación, efectuada en junio, Mauricio Sulaimán, presidente del CMB, se refirió a los modelos de promoción que usa el pugilismo profesional. Ahí, confesó su preocupación porque cada día son más las marcas que desean patrocinar una actividad agresiva. Pero el peligro radica en otro piso, en el de la credibilidad.
Para el boxeo, el mercado existe, el problema es la falta de calidad de sus productos. La sangre veterana siempre defenderá su época de esplendor como insuperable: “En mis tiempos, todo era mejor”. La nostalgia es un buen argumento de venta. El tiempo los respalda. ¿Cómo es posible que en una época coincidan atractivas figuras como Muhammad Ali, Sonny Liston, Púas Olivares, Mantequilla Nápoles, Ultiminio Ramos, entre otros, en los años 60 y 70; Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Tom Herns, Mano de Piedra Durán en los 80; que una década después surjan un Finito López, JC Chávez, y Mike Tyson... Y abramos el siglo con el mejor Manny Pacquiao, Barrera, Terrible Morales, Juan Manuel Márquez y que en los últimos años no haya uno solo con la calidad, personalidad y arrastre equiparables?
Con la evolución de las estrategias de marketing, en buena parte gracias a la tecnología, no habrá nunca ninguna argucia que supla con eficiencia la calidad. No es difícil inflar un producto malo, lo complicado es venderlo. Y es cuando los empresarios del deporte olvidan la pureza y recurren a estrategias faranduleras. Entre el deporte profesional y el medio del espectáculo el trecho siempre es corto, pertenecen ambos a la industria del entretenimiento, pero eso no significa que sean lo mismo. No confundamos glamour con farándula. Son maíces de diferentes costales. El boxeo profesional reúne a empresarios y públicos en funciones donde se viste de gala. Ese aire de suficiencia cautiva a los fans. Pero el fan de hoy también es diferente. Ya no se puede vender gato por liebre, porque antes de abrir la cartera, cualquier mercado potencial ya gugleó y encontró todas las especies de gato y liebre posibles como para no confundirlos. A falta de calidad, el morbo se convierte en moneda de cambio en la era de la descomposición. En cuanto a los contendientes, ni a cuál irle: Floyd y Connor, el púgil contra el luchador de la UFC, son un par de fanfarrones en medio de un show. Estos pleitos en cualquier cantina decente suelen ser una decepción al ritmo de mucho ruido y pocas nueces. En una época distinta, esto no pasaría de una mera exhibición ni sería vendido como un combate real. El marketing no inventa, solamente aporta y aplica herramientas sobre lo que ya existe. Y lo de hoy es lo que hay.  
Columna anterior: Maquinaria de desprestigio