Una noche en Girona

OPINIÓN

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El camino de salida de Barcelona no es uno fácil. Las autopistas alrededor de la ciudad Condal funcionan pero son recurridas, lo que genera cierto tráfico. La cita era a las 5:30 de la tarde en la zona de La Barceloneta, aquella zona de mar de Barcelona con maravillosos bares de tapas y cañas y uno de los mejores arroces caldosos que me he comido en mi vida. Me sentía impaciente. Llegaron los vehículos para transportarnos y sonreí cuando me di cuenta de que compartiría coche con el creador del Bulli y su mujer. Hablamos de cocina mexicana y de sitios catalanes imperdibles. Una hora después, nos esperaba en la puerta, cariñoso como siempre, Joan Roca. Sí, estábamos llegando a cenar a Girona, al gran Celler de Can Roca. Nos recibió Josep, el hermano Roca, a quien una par de horas después consideraba ya el dios del Olimpo del vino –que no Baco-. El maridaje que nos dio fue excepcional. Era lunes y el restaurante estaba cerrado al público. Me encontraba yo entre la cuidada lista de invitados de una cena fuera de serie que los hermanos Roca –Joan el cocinero, Jordi el repostero y Josep el dios del Olimpo– ofrecían a los mejores cocineros del mundo y un grupo de groupies de la cocina, de no más de 25 personas. Recordar cada uno de los platos de ese menú de degustación resulta ocioso; fueron muchos. Unos deliciosos, otros novedosos, otros atractivos por su presentación, siempre con una historia detrás. Un plato puede tener el aroma de un libro, otro llevarte por los sabores de las ostras. Y uno sí inolvidable, la gamba roja del Mediterráneo, un recorrido por increíbles texturas de mar. Fue un honor haber sido invitada a esa cena en donde también departían Massimo Bottura, René Redzepi, Daniel Humm, Will Guidara, Ferrán Adriá, Virgilio Vallejo –por mecionar algunos-, y, para mi extrañamiento, más allá de que adoro beber buen vino, lo que más me conmovió del suceso fue el maridaje. Añadas de españoles de Rioja, de esos que no tienen desperdicio, mucho Jeréz presente, Priorat reinando, algo de albariño, cavas muy, muy especiales y un Chassagne-Montrachet que es uno de mis favoritos de Borgoña que, de verdad, me hizo llorar. De esas cenas que uno agradece profundamente. Como las que uno ofrece con buenos amigos, llenas de cariño, como las que los amigos le ofrecen a uno. Profundamente agradecida con la vida estoy, pensaba mientras bebía la última copa de ese Borgoña que repetí, varias veces. Por Valentina Ortiz Monasterio
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