El dios millenial

OPINIÓN

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¿Qué nos hace levantarnos por las mañanas? Más allá del sonido de un despertador que indica que el juego "real" ha comenzado, ¿qué motiva a nuestro cuerpo a pegar ese brinco de la cama? Una generación completamente alejada del mundo espiritual es en la que me tocó vivir, donde "alma" suena a comercial de spa, y "religión" a guerra. A pesar de haber estudiado en una escuela de monjas o tal vez precisamente por esto me he sentido siempre flotando en un mundo que carece completamente de sentido, caminamos diariamente en un bombardeo de lo que debemos ser, hacer o parecer pero jamás sin preguntarnos el porqué. Supongo que existió una época en la que las personas tenían fe en algo, en un ser supremo, en el orden que este pondría en el mundo pero el mundo en el que a mí me tocó vivir no cree en eso, quizá por la costumbre de escuchar las atrocidades que humanos le hacen a otros humanos, a animales, al planeta; la era de la enorme contemplación de letreros que piden auxilio para animales en peligro de extinción mientras  humanos sentados debajo del cartel carecen de todo y el que no puede ni percatarse de que están ahí carece aún más, carecemos de la sensibilidad para entender que si ya no podemos sentir dolor por el otro ni la humildad de levantar los ojos al cielo y pedir ayuda estamos completamente vacíos. Así se siente la ciudad, como una colmena en laberinto en el que no somos más que autómatas repitiendo rutinas que no nos llevan a nada, porque no estamos buscando nada. ¿Acaso venimos a sobrevivir? ¿Han sentido la desdicha de un día de compras? ¿La amargura de correr en un gimnasio bajo luz artificial? ¿La tristeza de levantar los ojos de una computadora tras horas en una oficina de plástico? El vacío que genera un mundo donde los dioses nos decepcionaron y pretendiendo adorar humanos nos quedamos no sólo sin las respuestas sino también sin las preguntas. Ya no podemos confiar en Cristo ni en Buda, mucho menos en la Biblia, la magia o la naturaleza; todos nos han decepcionado, todos no son más que personajes de historias de antaño en libros abandonados en estantes jamás tocados, verdaderos mitos. El hombre de hoy no podría confiar nada en ellos, ni siquiera hay tiempo de darles la oportunidad de conocerlos, no hay tiempo nunca, hay que correr al trabajo, hay que correr al gimnasio, a la tienda, hay que correr tras la única fe que hemos aprendido, la de convertirnos de una vez por todas en ese dios humano que adoramos, el hermoso y poderoso súper hombre de los afiches que es físicamente perfecto, financieramente poderoso aunque tenga una falla de fábrica incorregible...tampoco sabe nada, no tiene las respuestas, apunta a ser tan autosuficiente en la carrera del mundo material que se le olvida que se acaba, que se le olvida que se arruga a la par de que su crédito de días se agota y quedará de vuelta vulnerable y quedará de vuelta sin respuestas, levantándose con el sonido del despertador que lo lleva a la nada.   Columna anterior: Cuando los niños no sueñen