Un dilema

OPINIÓN

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En el mes de julio de 2009 el mundo del motor se estremeció con dos graves accidentes. El primero ocurrió el día 19, en el circuito inglés de Brands Hatch, durante una carrera de Fórmula 2. Henry Surtees, hijo del legendario Big John, sufrió el imprevisible golpe de una llanta que había salido perdida tras el choque de Jack Clarke, y el impacto recibido en la cabeza ocasionó su muerte.
El sábado 25, en la segunda ronda de la clasificación del Gran Premio de Hungría, un amortiguador que se desprendió del coche de Rubens Barrichello salió disparado y golpeó la parte izquierda de la visera del casco de Felipe Massa, que estrelló su Ferrari con violencia al perder el conocimiento. El brasileño fue operado con éxito, tardó en recuperarse y volvió a correr hasta la siguiente temporada.
Desde entonces, la FIA ha tratado de idear la forma de proteger la cabeza de los pilotos, que es la más vulnerable. Ha sido un proceso lento y polémico. Primero, se diseñó la cúpula cerrada, estilo jet, de 2011. Más tarde, el halo, en 2015. Luego, el aeroscreen, en 2016 y, finalmente, el escudo o shield que utilizó Sebastian Vettel en las pruebas libres de Gran Bretaña, y del que afirmó que no servía porque dificultaba la visibilidad y se había mareado. La controversia que ha generado este asunto es compresible. La FIA pretende aumentar la seguridad de los pilotos, pero no quiere tomar una decisión precipitada que afecte los intereses del negocio. Porque resulta evidente que colocar una protección tan fea como el halo podría alejar a muchos aficionados, al verse afectada la belleza de los monoplazas. Se trata de un dilema que obliga a hilar muy fino. Será necesario seguir desarrollando nuevos dispositivos hasta encontrar el más adecuado, pues como señaló Niki Lauda al hablar del halo: “su estética es mortal y destruye el ADN de un Fórmula 1”. Lejos quedaron los tiempos en que las carreras se cobraban la vida de los pilotos con mucha frecuencia. Ahora se ha vuelto más seguro hasta para los espectadores, que antes también estaban expuestos a sufrir una lesión o, inclusive, a morir, como sucedió en Le Mans el fatídico 11 de junio de 1955, cuando Pierre Lavegh acabó con su existencia y la de otras 83 personas. Aquella es la peor tragedia en la historia del automovilismo. La pista de la Sarthe quedó sembrada de cadáveres, en una imagen dantesca. Pilotar un bólido a más de 300 kilómetros por hora implica un gran peligro, aunque se trate de un riesgo calculado. Nadie quiere ver morir a un piloto, desde luego, pero el hecho de que esa posibilidad permanezca latente es lo que confiere emoción a un deporte donde el arrojo y la incertidumbre juegan un papel relevante.
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