El futuro de Irak y el Estado Islámico

OPINIÓN

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El Estado Islámico sigue siendo un monstruo de muchas cabezas, contra el cual el combate militar y policiaco nunca ha demostrado verdadera utilidad. El pasado 9 de julio, el ejército iraquí proclamó la victoria militar contra el Estado Islámico (EI) en Mosul, ciudad de Irak con cerca de 2 millones de habitantes, donde en el verano de 2014 Abu Bakr al-Baghdadi proclamó su califato. Fuerzas armadas iraquíes regulares e irregulares (milicias kurdas, tribales, etc.) retomaron la mayoría de los santuarios territoriales conquistadas por los yihadistas entre 2013 y 2014. La intensificación de los bombardeos aéreos de la coalición internacional y el despliegue de fuerzas especiales e instructores militares occidentales concretaron ese esfuerzo colosal de combates y bajo temperaturas que alcanzaron los 50° C. Las familias de Mosul desplazadas regresan tímidamente e intentan aferrarse a la normalidad, a pesar de que muchas tienen que empezar de cero. Mercados de ropa y alimentos han vuelto a abrir; estudiantes retoman sus cursos, después de tres años, pero la apariencia de normalidad es engañosa. Primero, el ministro iraquí de Planificación reconoce que su país necesita alrededor de 100 mil millones de dólares para reconstruir las áreas liberadas del EI. El mercado iraquí está inundado de bienes importados, lo que agrava el desempleo; a ello se suman el costo exorbitante de la guerra contra el terrorismo y la caída de los ingresos petroleros. Segundo, el régimen instaurado en Bagdad bajo ocupación estadounidense es incapaz de mantener el orden en la totalidad del territorio iraquí, y aun menos de ejercer el monopolio exclusivo de la violencia legítima o los recursos naturales del país. Una corrupción rampante gangrena al gobierno y su aparato de seguridad. El ejército iraquí se desintegró ante los yihadistas en junio de 2014, mientras que sus relaciones con la institución civil siguen siendo deficientes. En este país del Golfo cuya población total se acerca a los 38 millones de habitantes, el Estado ha sido no sólo una máquina de poder, sino un terreno de lucha y narrativas opuestas que se manifiestan en luchas políticas enconadas que fácilmente desembocan en la violencia. Es un rasgo estructural que caracteriza a Irak desde hace más de 50 años; la invasión y ocupación estadounidenses en 2003 contribuyeron a empeorarlo. Tercero, la sociedad está traumatizada y dividida, no sólo en las áreas liberadas. Se estima que en los primeros cuatro meses de la ofensiva sobre Mosul Oeste murieron 5 805 civiles por los bombardeos de las fuerzas iraquíes y la coalición, cifra que podría ser muy superior. Para algunos iraquíes, la expulsión del EI de su ciudad no fue una liberación sino una destrucción, lo que confirma las acusaciones de Amnistía Internacional que ha señalado a los yihadistas por crímenes de guerra al haber llevado a cabo una campaña sistemática de desplazamiento forzoso para utilizar a miles de civiles como escudos humanos, mientras que a la coalición internacional y a las tropas gubernamentales aliadas se incrimina por el uso indiscriminado, en zonas densamente pobladas del oeste de Mosul, de misiles aire-tierra, obuses, morteros o munición disparada desde ametralladoras en helicópteros. Asimismo, hombres de todas edades viven con el temor de ser arbitrariamente denunciados como miembros o simpatizantes del EI, encarcelados y torturados. Al último, los yihadistas no se esfumaron; se desplegaron y conservan la capacidad de recurrir a atentados espectaculares en Bagdad y en zonas de gran concentración chií. El Estado Islámico sigue siendo un monstruo de muchas cabezas, contra el cual el combate militar y policiaco nunca ha sido, ni será, suficiente.   Columna anterior: Qatar, el ultimátum