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La Rata: así empezó todo…

OPINIÓN

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Memorias de Don José Sulaimán Por: Mauricio Sulaimán/Presidente del CMB El boxeo es un deporte que requiere mucho valor para practicarse. Quien nunca haya siquiera entrenado un día debería ponerse como propósito hacerlo, aunque sea sólo como curiosidad. La condición física que se requiere para boxear es máxima. Simplemente, para aguantar un sólo round arriba del ring con los guantes puestos haciendo sombra, se debe estar preparado. He conocido cientos de personas que cuentan con asombro lo demandante que es y lo difícil que resulta aguantar ese lapso. ¡Y eso que ni siquiera tiene un rival que le tire golpes! Practicar boxeo es una moda en la actualidad. Mucha gente lo practica de manera recreativa sin la intención de competir. Muchas mujeres llenan los gimnasios, también ejecutivos y niños. En fin, se practica boxeo más que nunca. Hay gimnasios por toda la ciudad que dan boxeo de manera integral, inclusive con sistemas y metodologías. También muchos ex campeones imparten clases en clubes, así como a domicilio. Mi papá fue boxeador por casualidad. Él era amigo de boxeadores en Ciudad Valles, San Luis Potosí y un día fue al palenque a verlos pelear. No tenía boleto ni dinero para comprar uno. El hombre de la entrada le ofreció pasarlo, pero con la condición de que participara en la botana. Mi papá sin dudarlo aceptó. Lo metieron, le quitaron la camisa, le pusieron unos guantes y lo subieron al ring a pelearse contra otro niño. La pelea de botana fue una tradición que duró muchos años en las funciones de boxeo. Quizá perdió la pelea, pero donde si ganó fue en recoger los centavos que el público les aventaba pues él sí se quitó los guantes y su rival no. Después de una nariz rota y fractura de mandíbula, se dio cuenta de que no tenía futuro arriba del ring, colgó los guantes y se dedicó a formar parte de la comisión de boxeo de su ciudad. Desempeñó absolutamente todos los puestos y actividades dentro del boxeo, desde mandadero, campañero, anunciador, juez, réferi, hasta llegar a ser presidente de la Comisión de Boxeo de Ciudad Valles. Después, de la comisión de Ciudad Victoria, Tamaulipas, y así, a cada lugar al que llegaba, se involucraba con el deporte de sus amores. Tuvieron que pasar 70 años para que un Sulaimán volviera a subir a un cuadrilátero a pelear. Aunque siempre fue mi sueño y el de mis hermanos, ninguno llegó a sostener una pelea oficial. El domingo pasado, mi sobrino José Manuel debutó en el boxeo amateur. A sus 26 años subió al ring del Gimnasio José Luis Bueno, en Neza, y ganó dos rounds a uno. Fue la culminación de un propósito muy personal. Se preparó un año. Todos los días se levantó a las 3:30 de la madrugada, entrenó dos veces al día, dejó de fumar, cambió su alimentación y nunca dejó de soñar. Vivimos intensamente como familia esta aventura de Chepi. Él llegó al gimnasio solamente acompañado por su papá. Su rival estaba acompañado por sus cuates, lo cual fue de inmediato intimidante. Tras sonar la campana, fue conectado con un jab y una derecha durísima. Todo indicaba que le iban a dar una paliza; no fue así, sacó el coraje y ganó contundentemente los rounds 2 y 3, y salió con la mano en alto. Su testimonio es lo que más me tocó. Chepi siente que lo mejor de todo fue ya después de la pelea, cuando fue con su rival y se dieron un abrazo e intercambiaron elogios reconociendo ambos sus virtudes. Anécdota de hoy: Don José contaba con gran entusiasmo la famosa historia, dentro de nuestra familia, de La Rata. Mi papá era el mayor de tres en su casa y era el consentido de mi abuelita, Doña Wasila. Era un niño cobarde, tenía miedo a los pleitos y hasta se cambiaba de banqueta cuando veía a niños que venían por su camino en la calle. Un día se encontraba trapeando junto con otros dos compañeros un salón de la escuela, cuando por accidente sacudió el trapeador y manchó el uniforme blanco de uno de ellos, quien resultó ser el más temido de la escuela, sí, La Rata. Se le fue encima a golpes, pero mi papá sacó un derechazo que conectó sólido, ¡y tumbó a La Rata! que salió corriendo al patio donde el niño José le dio alcance y, enfrente de toda la escuela, se dieron con todo, hasta que una vez más lo tumbó y se le fue encima hasta que lo hizo rendirse. A partir de ese día se dedicó a saldar cuentas pendientes con todos aquellos que lo habían bulleado y nunca volvió a tener miedo de defenderse. La Rata terminó siendo su amigo hasta que el destino llevó al niño José a otra ciudad.