El orgullo de Hugo

OPINIÓN

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El macho es "El Gran Chingón" El Laberinto de la Soledad Octavio Paz

  Al cumplir 59 años, Hugo Sánchez se puso en la antesala del trecho sexagenario y del repaso de una vida exitosa, no exenta de sacrificios, sinsabores, críticas y penas. Admirado e idolatrado, Hugo es el máximo referente histórico del deporte más popular en México, figura relevante, por ende, en el ámbito social. Bautizado tempranamente como El Niño de Oro por el imaginativo Ángel Fernández –el mismo que se emocionaría al máximo con el célebre golazo de chilena que le metió a La Volpe en Santa Úrsula-, Hugo llenó toda una época de categoría y competitividad con goles de todas marcas en el futbol mundial. Marcó nada menos que 400 en las distintas ligas donde militó.
El pueblo lo exalta y a la vez lo critica por orgulloso. Como sucedía con María Félix, la gente censura ese toque de egolatría, como si insuflar el pecho y hablar en primera persona fueran un atentado a nuestra proverbial sumisión. ¿Lejano entonces, inalcanzable, por no dejarse pisotear, por escindirse de la tribu? Esa actitud no es máscara ni es escudo, simplemente una forma de ser a que se llega después de muchas vivencias, aderezada por ese atributo esplendente que es la personalidad y la self confidence que se planta en escenarios adversos sin temor alguno.
Si bien ese fenómeno que dicen que fue Luis de la Fuente y algunos otros mexicanos ya habían jugado en España, Hugo Sánchez fue en realidad el pionero de la internacionalización del futbol mexicano, el que abrió la tupida brecha, sembrador de lo que varios jugadores nacionales de gran capacidad actualmente cosechan. Hoy en día es común ver a futbolistas mexicanos en clubes importantes de Europa, pero en los años ochenta, el Penta estaba solo contra el mundo. Le critican que utilice términos españoles pero para amar a España, primero tuvo que vencerla. Lo más receloso del alma conquistadora lo denostaba y lo despreciaba. Por indio, por invasor. Pero Hugo, antítesis del retrógrada jamaiquismo, lejos de venirse abajo tomó los gritos xenófobos como acicate. Y entonces, previa acrobacia, formaba sus manos en puños y metía los codos hacia las costillas como diciendo: "me los atoré". Y así, gol a gol y atorada tras atorada, conquistó a los conquistadores y logró trucar los insultos por pañuelos blancos. Había salido curtido años antes de la populosa Jardín Balbuena, bajo el estruendo de los aviones, con las herramientas que le habían dado sus padres y con una fuerza de voluntad fuera de lo común. Ama a España y sin embargo es el primero en defender lo mexicano y denunciar la mano que regresa al cangrejo a la cubeta.
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