Una solución equivocada

OPINIÓN

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Luego de la elección de Emmanuel Macron como presidente de Francia, muchas han sido las opiniones sobre las virtudes del sistema electoral galo que permitió el vertiginoso ascenso de un candidato sin partido, con la añadida legitimidad de obtener el triunfo tras dos rondas de votación. Este último tema, la segunda vuelta electoral, ha sido particularmente visto como la respuesta ante nuestra frágil democracia. Sin embargo, tenemos problemas que no resolvería dicha propuesta. 1. Gobernabilidad. El problema entendido como falta de mayoría parlamentaria no se resuelve con la segunda vuelta. La pluralidad política ha sido un avance democrático, considerando que venimos de un régimen de partido hegemónico. Desde 1997, la gente ha votado por gobiernos divididos como contrapeso entre poderes y para que ningún presidente controle nuevamente el Congreso. La aparente necesidad de contar con mayorías legislativas dejó de ser tema, como se vio en el Pacto por México. ¿Querríamos volver a los presidentes omnipotentes?   2. Legitimidad. El problema de ganar con menos del 30% de los votos tampoco se resuelve, dado que el respaldo alcanzado en una segunda vuelta es de alguna manera artificial. El nivel de representatividad se ve en la primera vuelta, mientras que en la segunda ronda se emite más un voto en contra que a favor. El mismo Macron reconoció deber su triunfo a los detractores de LePen. ¿Alguien reconocería esto aquí? 3. Credibilidad. Nuestro talón de Aquiles no se resuelve con una segunda vuelta cuando el problema (de nuevo) es la baja confianza en el proceso. Si no se aceptan los resultados ahora, menos se aceptarán cuando algún “favorito” quede excluido de la segunda ronda. Peor aún, la desconfianza creciente en el árbitro electoral podría incrementarse frente a un segundo proceso. 4. Dinero. El excesivo gasto sería más cuestionado al agregar otra ronda electoral, con la consiguiente provisión de materiales, convocatoria de ciudadanos, capacitación de  funcionarios de casillas, duplicidad de incidentes, recursos e impugnaciones. El volumen de dinero para los partidos puede atenuarse con mecanismos tipo la “ley Kumamoto” o la propuesta de Leonardo Curzio de reducir financiamiento público por debajo de cierto umbral de votación. Como dice Luis Rubio, lo imperativo es definir bien el problema antes de buscar la solución. En todo caso, de la elección francesa sí deberíamos emular los debates de candidatos presidenciales y el interregno de siete días entre los comicios y la toma de protesta del presidente electo. Esto último obliga a los aspirantes a plantear un programa de gobierno, no sólo de campaña, y estar listos para implementarlo. Y la señal más importante: la implícita confianza en los resultados, en la aceptación del perdedor, en la poca probabilidad de conflicto postelectoral, lo que permite una transmisión de poderes en un lapso tan corto.   Columna anterior: La credibilidad perdida