El sabor de la inteligencia

OPINIÓN

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Me gusta comer porque comer es un placer. La mesa es un espacio geográfico en el que caben todos los pecados y pues por eso me gusta. Capitales o no, pero las mesas pecadoras son para mí las más atractivas. Una mesa con una vajilla de Patámban, copas de cristal alemán, cubiertos franceses y deshilados del Estado de México es una mesa que inscita e invita. Y las mesas, como los amigos, deben ser golosas -más pecado con ello-. Me gustan las mesas vastas, de conversación, de pan, de mole, de pasta con hidaditos o de madeleines, pero siempre vastas. Creo firmemente en que la generosidad y la solidaridad -como la gula y la lujuria- se manifiestan en las mesas donde comemos los amigos y los cercanos. Que nunca te falte nada diría mi padre con enorme razón, y menos en aquellos momentos de gozar de un mole, de un foie en un brioche o de un pozole estilo Guerrero, de ese verde de los jueves. Comer mucho y comer bien. Hablar de vastedad duele en un mundo de hambre, es cierto, pero la abundancia también radica en el cariño con el que se cocina, en la estética con la que se escoge una cazuela y en la cantidad de charales que se le ponen a un taco. Menos también es más. Adoro la abundancia en el paladar. De sabores, de magia en la cocina, pero sobre todo de retos inspiradores en las conversaciones que, como hace unas horas en un rincón de una estupenda barra de omakase, detonan los placeres pecadores más deliciosos, los sabores del pensamiento. Qué rico sabe eso.
Por Valentina Ortíz Monasterio