Espionaje: de políticos, pifias y cosas falsas

Oficialmente las cañerías siempre habían corrido por Bucareli, en la Secretaría de Gobernación, hasta el comunicado de Los Pinos.

Hay un juego que olvido por meses y de pronto reaparece por ahí. Unas veces consiste en detectar mentiras comprobables de presidentes, alcaldes, miembros del Congreso y secretarios de Estado, y otras –mis predilectas–, se asocian a una pifia monumental que parece mentira por obvia, por torpe, por evidente. Ayer por la tarde, a punto de entregar este texto, mientras acechaba desde la ventana unas nubes negras, el más reciente caso de espionaje en México –el milésimo aunque este destaca porque descubrimos que los periodistas y los activistas se encuentran entre las amenazas a la seguridad nacional en un país devorado por el narco y la corrupción– me regaló una tercia en este juego de políticos, pifias y cosas falsas. La primera está llena de candor: “No existe prueba alguna de que agencias mexicanas estén involucradas en los espionajes”, respondió la Presidencia de la República. Aquí el lector debe escuchar una trompeta socarrona de esas que anuncian que fracasaste imitando a Juanga. Entonces que nos expliquen en qué consisten las nuevas tareas del Cisen. ¿Existirá algún mexicano que crea que el Estado no espía? El espionaje en México es una historia de muertos y desaparecidos, de amenaza, venganza, escalera al poder y lo que sea necesario para defenderlo. En México han existido espías temidos: Fernando Gutiérrez Barrios –llamado de manera siniestra El Policía Elegante– y Miguel Nazar Haro, jefe policiaco con fama de torturador. ¿Quién no conoce aunque sea por encima la historia de la temida Dirección Federal de Seguridad en los años de la guerra sucia? Segunda revelación de políticos, pifias y cosas falsas: “No existen prueba alguna”, responde la Presidencia. Esta, dirían los radicales de siempre, es un reconocimiento tácito de que sí se espía, pero nadie puede mostrarlo. La tercera es mi predilecta y me rindo ante ella por el alto grado de dificultad que imagino debe haberle significado a quien patrocinó esta pifia –una perla negra– que con dignidad competiría en el Guiness World Record: ¿Quién tuvo la ocurrencia genial –parecida a una genialidad pero en sentido harakiri– de decidir que la respuesta a las gravísimas acusaciones de espionaje contra el gobierno del presidente Peña surgiera de Los Pinos? El diablo está en los detalles, pero con frecuencia los detalles se van al diablo. En México siempre ha existido espionaje, un delito grave penado por la Constitución, y todos sabemos que las cañerías del poder –póngale el mote que desee: sistema, régimen o citando a Mario Vargas Llosa, La dictadura perfecta– nunca, jamás, ni en sueños pasaban por la Presidencia. Oficialmente las cañerías siempre habían corrido por Bucareli, en la Secretaría de Gobernación, autoridad rectora del Cisen. Tácitamente esa siempre había sido la casa de los espías. Los Pinos era una dama distante con una vida doble (que jamás se ensuciaba). Tal vez fue sólo un error. O quizá sucede que en los círculos del Presidente no conocen ni entienden la historia negra de este país. Columna anterior: Espionaje y ruptura

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