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Trump, Cuba y la "retórica hostil"

OPINIÓN

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Por: Ricardo Pascoe Durante la campaña presidencial, Donald Trump se ganó el aplauso de los sectores duros de la comunidad cubano-americana anti castrista anunciando su intención de anular las medidas de acercamiento que habrían acordado los gobiernos de Barack Obama y de Raúl Castro. Siendo un sector electoral activo y motivado por ésta razón, se presume que el cubano-americano fue un voto duro que le ayudó a que Trump ganara el estado de Florida y, por tanto, la presidencia de su país. La presencia de Trump en Miami recientemente anunciando las medidas que “anularían” las medidas de Obama era en cumplimiento de su compromiso de campaña. Dados los graves conflictos políticos y legales que enfrenta la Presidencia de Trump, incluyendo el haber puesto al propio presidente en el banquillo de los acusados por la destitución del director de la FBI, la noción de viajar a Miami a ser aplaudido a rabiar por cubano americanos anti castristas seguramente era un bálsamo para su alma en pena. Las imágenes visuales dieron cuenta de sus grandes sonrisas y saludos de agradecimiento. Su discurso estuvo lleno de palabras duras contra el régimen cubano, incluyendo recriminaciones  por dar asilo político a ciudadanos estadounidenses que están bajo acusación de haber cometido delitos graves contra personas de su país y por usar sus propias fuerzas armadas para cometer delitos contra cubanos que buscan su libertad. Y anunció las medidas que tomaría contra Cuba. Dificultaría el viaje de ciudadanos estadounidenses a ese país, prohibiría cualquier negocio de estadounidenses con empresas administradas por las fuerzas armadas cubanas -que representan alrededor del 60% al 80% de la economía nacional- y haría responsables a estadounidenses de poder demostrar que no hicieron nada indebido en Cuba. Es decir, casi todos los castigos significativos van en contra de los ciudadanos estadounidenses. ¿Qué no prohibió? En primer lugar, algo muy importante: no cerró la embajada recientemente estrenada con Obama. No rompió relaciones diplomáticas con Cuba, lo cual habría sido, en cualquier esquema de enfrentamiento duro, un requisito básico. No sólo no rompió relaciones diplomáticas, sino ahora tiene la posibilidad de nombrar un embajador al puesto en La Habana. En segundo lugar, no reinstauró la política migratoria de “pies secos, pies mojados” que facilitaba la adquisición de ciudadanía americana a cubanos llegados a territorio estadounidense, por el simple hecho de provenir de la Isla, privilegio migratorio que no se le dispensa a ninguna otra nacionalidad del mundo. En tercer lugar, seguirán llegando los vuelos comerciales que se han instaurado, al igual que cruceros y transbordadores que se mueven entre Miami y La Habana. En cuarto lugar, los negocios de AirBnB, Google y otras empresas de comunicaciones que ya empezaron a operar en la Isla podrán proseguir con sus actividades, incluyendo la instalación de un hotel de la cadena Sheraton en acuerdo con Gaviota, la empresa hotelera cubana operada por las fuerzas armadas de ese país. En quinto lugar, los cubano americanos podrán seguir enviando sus remesas a familiares radicados en Cuba, en los mismos altos montos que aprobó la administración de Obama. Por último, la venta de granos y comestibles provenientes de estados del centro estadounidense que votaron por Trump podrán seguir vendiendo sus productos a Cuba, ¡a crédito! Todas las otras restricciones (¿?) que aprobó Trump entrarán en vigor “después de un estudio” y sugerencia de oficinas del gobierno de Estados Unidos en un lapso no mayor a 30 días. A pesar de la ambigüedad de la propuesta de Trump, incluyendo la disociación entre su discurso rudo y agresivo contra el gobierno cubano y la tibieza de sus medidas reales, el público cubano americano aplaudió a su Presidente. Y el Presidente estuvo feliz…por unos minutos, antes de regresar a su realidad en Washington. El gobierno de Cuba tardó unas horas en responder a las declaraciones de Trump. Cuando lo hicieron, fue en el mejor estilo cubano. El primer párrafo era para consumo de Trump, el gobierno de Estados Unidos y la prensa. Lamentó la “retórica hostil” de Trump y ofreció continuar el diálogo entre los dos países, con pleno respeto a la soberanía de ambos pueblos. El gobierno cubano habló de retórica, no de medidas. Trump les dio la mejor salida de todas: seguirán haciendo negocios con empresas e individuos estadounidenses, pero con la agresividad de la bota imperial encima como justificación para mantener el control político interno. Los otros 18 párrafos de comunicado  eran para consumo de los revolucionarios derredor del globo, ansiosos por escuchar, de nueva cuenta, la historia oficial de la revolución cubana. ¿Sorprende que hablaron de “retórica”, y no de medidas?