¿De quién es culpa el 'fracaso' democrático?

OPINIÓN

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Por: Alejandro Poiré.  Decano del Tec. de Monterrey Dos tipos de preocupaciones políticas nos consumen. Las personalistas y las sistémicas. Las primeras se refieren al ejercicio sexenal de adivinar, o mejor aún, incidir en el nombre de quien ocupará próximamente la Presidencia. Bajo este rubro se inscriben, se quiera reconocer o no, las apuraciones por instituir la segunda vuelta, la lectura del papel de AMLO en el Estado de México (si fue positivo o negativo), la interpretación de las señales de Los Pinos respecto al reacomodo del gabinete, la evaluación del embate de Margarita Zavala contra Ricardo Anaya, y hasta la infumable búsqueda del (prometo no volverlo a mencionar) Macron mexicano. Estas especulaciones son entretenidas e importantes. El peso del liderazgo político es enorme en cualquier país, y más en éste, con las tendencias patrimonialistas e inmadureces institucionales. Mas el análisis de la contienda ha cedido terreno a reflexiones más profundas. Fueron tan notorias las señales de desaseo en las elecciones, que ha aflorado cierta ansiedad con la salud estructural de nuestra democracia. Es tan largo el trecho recorrido (veinte años desde que el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados) y tanta la inversión que se ha hecho en subsidiar a los partidos y sus campañas, que no alcanza con el espectáculo de la carrera para soslayar la debilidad del escenario. Y quizás no es tan mala noticia la calentura que anuncia que está enfermo nuestro sistema de competencia por el poder. Se ven tan feas nuestras elecciones que es notoria la necesidad de su renovación a fondo. Por encima de la pobre salud de nuestra democracia –que es manifiesta– está el riesgo de un mal diagnóstico. Nos dice Jesús Silva-Herzog Márquez (Reforma, 12 de junio 2017), en un texto donde alerta contra el “fracaso de una disciplina” que el problema está en una autodenominada ciencia de la política que “se divorcia de lo cultural para aferrarse en la abstracta racionalidad de las ambiciones”, y sugiere un acercamiento distinto a la política que “entienda la raigambre del clientelismo y las redes de la corrupción”. Difiero. Quizá podremos debatirlo en el curso que impartimos juntos en enero próximo; ofrezco a usted la síntesis de mi objeción. No coincido en reducir a la ciencia política contemporánea, incluso la más analítica, a una herramienta alérgica a la historia y la cultura –aunque así puedan tratar de usarla quienes no la han aprendido bien. Nuestra democracia está enferma no porque la disciplina haya fracasado, sino porque se usaron las prescripciones incorrectas de la misma. Erraron quienes pensaron que otorgando enormes cantidades de financiamiento público a todos los partidos se podría eliminar la necesidad de algún partido de obtener dinero ilegal. Bastaría con recordar elementos de elección pública para poder predecir que otorgar subsidios a quienes compiten por el voto no iba a reducir su incentivo a obtener más dinero, sino que al hacer las elecciones competitivas para más partidos, la sed de recursos se iba a acrecentar. Y si hubiesen profundizado en el estudio riguroso, habrían identificado que sumar a esos gigantes subsidios unos topes de gasto de campaña y de contribuciones privadas extremadamente bajos (socialmente aceptables) iba a generar un mercado negro rampante de financiamiento político –precisamente como el que hoy aqueja a nuestras elecciones– arraigando y pluralizando el clientelismo y la corrupción. No es la presunta ausencia de contexto histórico y cultural de la ciencia política lo que nos ha traído unas campañas intoxicadas de cash. El fracaso no fue de la disciplina, sino de quienes quisieron construir una democracia genuinamente liberal a espaldas de sus lecciones. No debemos volver a caer en ese error.