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El regreso de El Caballito

El descubrimiento más importante es que Manuel Tolsá la pintó al óleo con el gris lodo que el ácido transformó en arañazos verdáceos

OPINIÓN

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Rescatar esta belleza de 215 años ha convocado a un pelotón de cincuenta sociólogos, arquitectos, restauradores, químicos, ingenieros metalúrgicos, matemáticos e historiadores. Una metodología del futuro ¬–¬registros de cortes estratigráficos, espectometría de masas y análisis metalográficos– ayudaron a restaurar las heridas del enfermo centenario. La historia en breve es esta: en noviembre de 2013 El Caballito –la escultura del Rey Carlos IV montando a caballo– fue dañada por un ácido empleado en una desastrosa iniciativa para recuperar el color original de este viejo símbolo y tesoro nacional. Una metodología especializada basada en una cantidad monstruosa de análisis y estudios ayudó no solo a crear las condiciones para reparar el daño, sino a poner al descubierto detalles ocultos en la geografía de la escultura. El más importante es que Manuel Tolsá la pintó al óleo desde un principio con el color gris lodo que el ácido transformó en arañazos verdáceos en distintas partes del monumento. “La principal sorpresa fue que encontramos capas de pintura mezcladas con pigmentos y aglutinantes”, dijo el químico Javier Vázquez caminando alrededor del Caballito, en un momento de la restauración mostrado en la página del INAH. El ejército de expertos y restauradores ordenó un estudio de capas históricas para saber qué colores correspondían y cuáles estaban situados arriba o abajo; a partir de esto fue posible descubrir que cuando fue inaugurado en 1802 El Caballito tuvo una capa verde y más tarde varias negras y verdes. Cera de calzado y resina fueron empleadas en los últimos 215 años para preservar su tono cenizo. Una parte del arduo trabajo de restauración requirió tomar muestra por muestra fragmentos de un milímetro cuadrado en distintas secciones del monumento para tener un mapa general que permitiera saber cómo avanzar en el rescate. “Tiene grietas de por vida y defectos de construcción”, cuenta Roberto Meli, investigador de la UNAM”. La historia de El Caballito está compuesta por momentos de peligro en el contexto de la guerra de Independencia, cuando fue cubierto para desalentar los ataques. Después planearon fundir y hacer cañones con la escultura de Tolsá, la más grande del mundo construida en un solo proceso de vaciado. Ni en París existe una comparable a sus dimensiones. El rescate de El Caballito está casi terminado. El equipo de restauración no ha dejado un milímetro del monumento sin analizar y deconstruir para regresarlo lo más cerca a su estado y color original. “Trabajamos insitu porque no podemos llevarlo a la escuela”, cuenta Jaime Cana, restaurador del INAH quien participó en la restauración del monumento de 13 toneladas que en breve volverá a ser el gigante vigía de la Plaza Tolsá. Columna anterior: Ni uno más