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Inseguridad comparada

OPINIÓN

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México tiene ciudades y estados que son más seguros que sus pares en EU. Esto no menosprecia el grave problema nacional que es la inseguridad, pero el ignorar lo que ha funcionado es peor que subestimarlo. ¿Usted sabía que la Ciudad de México es relativamente menos violenta que Omaha, la capital de Nebraska? Esa ciudad tiene una tasa de homicidios de 10.6 por cada 100 mil habitantes, mientras que la capital mexicana está en 9.1. También es más segura que Washington (24), Miami (17), y Houston (13). Su nivel es similar a Dallas (10). San Pedro Garza García, con 4.9, tiene la misma tasa de homicidios que el promedio nacional de EU. Aguascalientes (0.9) es 50% menos violento que Canadá (1.7). Le apuesto que tampoco ha visto referencia alguna acerca de por qué Aguascalientes se ha mantenido al margen de la espeluznante violencia que se desató en partes de sus vecinos, Jalisco y Zacatecas. Nuestro debate acerca de este tema es tan pobre que ni conocemos las cifras, ni sabemos lo que ha funcionado. Escuchamos pura desesperanza, descalificación, y enojo bruto. En México, lugares como Yucatán tienen niveles de seguridad comparables con los lugares más tranquilos del mundo, y otros, como Acapulco, que tienen los niveles más altos fuera de una zona de guerra y no sabemos por qué. Esta pobreza del debate se reflejó con la Ley de Seguridad Interior que, a su vez, fue producto de fallas, tanto del gobierno como de la sociedad civil. Cuando recrudeció la violencia a principios de los 2000, la sociedad pidió que alguien hiciera algo. Ese algo fue ordenar a las fuerzas armadas patrullar las calles. Nunca fue la solución, pero por lo menos el Presidente hizo “algo”. En los últimos 10 años que esta práctica se normalizó, la sociedad civil fue incapaz de generar una respuesta sensata al problema. No hay modelos de éxito a seguir, ni propuestas que gozan de consenso. El gobierno, que “programas sociales” (léase, regalar dinero) que gobernar, tampoco ha ofrecido solución porque no tiene ningún interés en lidiar con el problema. El resultado es que las fuerzas armadas, con toda razón, exigieron un marco legal para evitar que fueran a acabar en tribunales siendo juzgados por actuar fuera de la ley. La Ley de Seguridad Interior no es ni buena, ni mala, en sí. Es reflejo de la ignorancia frustrada de la sociedad civil, sumada a los intereses cortoplacistas e ineptitudes corruptas de los gobernantes. El que tengamos estados con niveles de inseguridad comparables con Suiza (0.5) y no sepamos todos cómo le hicieron, es una vergüenza nacional producto de nuestro fetiche por la descalificación y el estúpido fatalismo que nos caracteriza. Las serias fallas en la procuración y administración de justicia (que incluyen el crisol de incentivos que genera la corrupción) son, para efectos prácticos, el único problema urgente de México. Resolverlas constituyen el sine qua non para solucionar la pobreza, etc. Para enfrentarlo, necesitamos mostrar mucha más inteligencia y poner a un lado el berrinchismo que subyace el fatalismo. Por Agustín Barrios Gómez Presidente de la Fundación Imagen de México y conductor de ADN40 News