Haz tu denuncia aquí

La inacción y el silencio

OPINIÓN

·
Quizá el daño más duradero causado por la política de seguridad de los años recientes es la destrucción de cualquier narrativa que la inspirara y la explicara con un fundamento democrático. Hace poco reflexionaba con un grupo de enorme y diverso talento una pregunta que nos apasiona: ¿se puede en México generar compromiso genuino alrededor del esfuerzo por construir seguridad? Sigo pensando que sí, pero se ha hecho más difícil. Al amparo del consejo público y privado de presuntos expertos, el gobierno actual se compró dos argumentos profundamente perversos: que es demasiado alto el costo de confrontar directamente al crimen organizado--lo que yo llamo la lógica de la inacción, porque es su consecuencia ineludible; y por otro lado, que es preferible no hablar de los retos en materia de seguridad, porque la población y el turismo se espantan--la lógica del silencio. El problema con la lógica de la inacción y del silencio es que, además de haber inspirado un fracaso de política pública incontestable y muy doloroso (como lo muestran los índices delictivos y las encuestas de victimización), ha abatido nuestra capacidad colectiva para imaginar alternativas, corregir errores, y construir apoyos para la tarea que enfrentamos. Por el contrario, esta lógica ha acabado por encumbrar dos lados de una misma moneda de impunidad: que el problema es tan complejo que de fondo nunca se va a resolver, o que solamente se va a resolver cuando legalicemos (casi) todo aquello que hoy combatimos. Si bien la lógica de la inacción y del silencio fue parte crucial de la crítica enderezada contra el gobierno del Presidente Calderón, estas ideas ya existían hace varias décadas en nuestro país. Y aunque sin duda se gestaron durante el régimen priísta del siglo pasado, sus promotores están lejos de ser solamente de ese signo político. Esta lógica perversa no nació este sexenio--lo cual es mala noticia, porque sería más fácilmente revertible. Lamentablemente, tiene historia y raigambre. Por ello se sigue usando sin pudor en muchos rincones de la sociedad y desde todas las tonalidades del espectro. El problema de fondo reside en que la lógica del silencio y de la inacción nos instala en la comodidad de la impotencia y la irresponsabilidad, y en parte por eso ha sido recurrente a lo largo del tiempo. Pero también es cierto que no es permanente ni inmutable--como lo muestra el respaldo a las políticas de seguridad del gobierno de Calderón en amplias capas de la población. Y más allá de la reivindicación personal, que no es lo que se pretende aquí, menciono el caso porque ilustra una buena noticia: dado que la necesidad de una nueva política de seguridad es patente, y ante la evidencia de que se puede construir apoyo en la búsqueda de la seguridad, queda claro que aunque los políticos no hablen de ella, es más oportuno que nunca un discurso que nos permita visualizar la transformación que necesitamos, y asegurar el respaldo que esta va a requerir. Pienso que en el corazón de esta nueva narrativa, entre los valores que inspiraron nuestro trabajo en el sexenio pasado, hay que subrayar la paz y la cohesión social basada en un Estado de Derecho que sirva por igual a todas las personas. La desigualdad que caracteriza a momentos como el que vivimos no es de suyo irresoluble ni inmanejable. Son la impunidad y el abuso los que la hacen insoportable. Y para eso tenemos un Estado. Para protegernos de esos abusos contra nuestra propiedad, nuestra seguridad, nuestras oportunidades de prosperar. No será sin hablar de ello que podamos definir ampliamente ese sueño, y los pasos para construirlo; tomemos como plataforma la evidencia de lo que funciona y la esperanza en lo que se puede lograr. Se puede.