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Gran rivalidad

OPINIÓN

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Nada fácil habrá resultado recrear los golpes de los trepidantes puntos de la final de Wimbledon de 1980, a la que el gélido tenista europeo llegaba después de ganar las cuatro anteriores. Una edición perfecta y la utilización de dobles para escenificar los raquetazos redondean una obra de calidad. El marcado contraste de personalidades entre los dos jugadores alimenta la historia. Borg, frío, disciplinado, perfeccionista, y McEnroe, desenfadado, altanero, irascible y malcriado, el terror de los jueces de silla.
Detrás del Borg maquinal, el filme muestra su lado humano, el del hombre abrumado que de pronto se quiebra llorando y resiente la fortísima presión de público y prensa para levantar su quinto trofeo inglés al hilo.
La película en realidad se centra en Borg más que en su acérrimo rival, y la caracterización del sueco es mucho mejor. Sverrir Gudnason lo representa fielmente, desde la melena sujetada por una banda elástica hasta la mirada vivaz y el cuerpo enjuto del extraordinario tenista que marcó toda una época de grandeza y estilo en el pasto y la arcilla. Menos efectiva, aunque no mal actuada, es la representación cinematográfica de John (Shia La Beouf no se parece físicamente a Big Mac). La recordada celebración de Borg al término del partido, arrodillándose y echando el tronco hacia atrás, rubrica la cinta, junto con un encuentro casual en el aeropuerto de Londres, donde rompen el hielo e inician una amistad que desembocaría en un compadrazgo y que perdura hasta la fecha. Sorprende saber que ninguno de los dos estuvieron involucrados en la realización de este thriller sicológico que recuerda la tensión, el esfuerzo y el sacrificio de la alta competencia deportiva. De haber sido requeridos, seguramente hubieran aportado detalles reales para enriquecer la historia hasta cierto punto ficticia, de 100 minutos de duración. PROYECTO FALLIDO Da grima ver tan de capa caída a los Pumas. Reducidos, ahora sí, a gatitos, como en su momento dijera despectivamente Jorge Vergara. Hoy, el Universidad es un equipo perdedor, sumido en el desconcierto, sin brújula, con un plantel mediocre y una idea buena (usar canteranos), pero mal llevada a cabo. Ya ni siquiera vemos en la cancha la proverbial garra auriazul. Contrataciones como las de Mauro Formica o Joffre Guerrón no han sido ni remotamente una solución. Si en una primera etapa en el futbol mexicano no había marcado diferencia, ¿qué llevó a la directiva a revivir al argentino en el futbol mexicano? Un cambio de pé a pá tiene que darse al final del torneo para que los Pumas vuelvan a ser ese equipo rápido, espectacular y ganador de antaño. Por lo pronto, este equipo de la UNAM es un proyecto fallido.
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