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¿Cómo llegamos a esto?

OPINIÓN

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Del lado norte de la frontera entre México y Estados Unidos hay desarrollo con franjas de desorden y pobreza. Del lado sur, desorden y pobreza con franjas de desarrollo. Del lado norte, la tensión de un Estado policial sospechoso y listo para sobrerreaccionar. Del lado sur, una libertad mucho más amplia amenazada por la tensión de la latente inseguridad. En Estados Unidos, un gobierno que discrimina demasiado. En México, un gobierno que abdica su responsabilidad de discriminar en contra de los agresores de la sociedad. Al mismo tiempo, los americanos se la viven en una guerra tras otra, mientras que los mexicanos no nos metemos con nadie. América del Norte nació como Nueva Francia, Nueva Inglaterra, y Nueva España. De las tres, la Nueva España era la más grandiosa, de tal manea que el símbolo de dinero en América es el signo del peso “$”, acuñado en la primera casa de la moneda del continente, en la Gran Ciudad de México. A la Nueva Inglaterra llegaron familias para crear una tierra de libertades religiosas y personales. Pero sólo para el hombre blanco. Aquí, se trataba de evangelizar a los nativos y extraer las riquezas. Allá, de extinguir a los indígenas y reclutar esclavos africanos, todo en aras de construir aquella “ciudad en lo alto”… para el hombre blanco. Los americanos construyeron instituciones sólidas y reclutaron europeos para poblar su creciente cacho de nuestro continente. México se la rifó entre plagas devastadoras (incluyendo “cocolitztli”, una fiebre que acabó con 85% de la población en el siglo XVI), y siglos de caudillos, parafraseando a Enrique Krauze. La visión americana del Destino Manifiesto la convirtió en superpotencia, mientras que México se mantuvo como país promedio en el concierto de naciones. En los últimos años, México se ha hecho más como Estados Unidos. Creó el sistema electoral más sofisticado (y caro) del mundo para articular su democracia. Pasó de rechazar su integración económica y demográfica con su vecino a celebrarla. El país asumió como propios los valores del liberalismo clásico y la libertad social. Lo que no ha logrado asimilar es la primacía del Estado de Derecho y la necesidad de imponer un órden básico. Ésta es la razón por la cual el país no crece al estilo chino de hoy, o tipo Japón, Taiwán, Corea del Sur, España, y Chile del siglo pasado. Mientras tanto, EU se ha mexicanizado, pero no sólo por el incremento de población de origen mexicano. Más por su preocupante polarización, el colapso del consenso y, por ende, el pacto social. Es una gran ironía que, hoy, el proceso de desmoronamiento (y, ulteriormente, “bananerización”) lo encabece la misma mayoría blanca que los racistas creían que garantizaría la “superioridad” americana. Hoy los blancos resentidos y xenófobos son la cabeza de playa para acabar con la libertad de comercio, y la justicia ciega universal que han sustentado la verdadera fortaleza de aquella sociedad.   *Por Agustín Barrios Gómez