1994

La imagen que se quiere construir del Partido Revolucionario Institucional de antaño en la serie de Netflix es de un romanticismo inverosímil

Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México
Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México

Es oportuna la serie de Netflix sobre ese año convulso. Para quienes ya éramos adultos, recordar las imágenes originales del levantamiento zapatista, de los asesinatos de Colosio y de Ruiz Massieu; los desplantes de Camacho, la fuerza retórica de Marcos, y revisitar aquellos tiempos, es a la vez doloroso y refrescante.

Para los más jóvenes, especialmente los nacidos en este milenio, es una compilación y cronología elemental valiosa, si bien por necesidad incompleta y fundamentalmente parcial. Además de las imágenes terribles al ritmo de La culebra, en Lomas Taurinas, hay material poco conocido de los primeros interrogatorios de Mario Aburto, entrevistas interesantes con quienes en su momento fueron señalados como cómplices y después liberados, y testimonios de varios de los fiscales que investigaron el caso.

Y en el relato que va de la firma del TLCAN y el destape de Colosio en noviembre de 1993, al cierre de las investigaciones por los homicidios en 1996, se descubren rasgos de la política mexicana que cambiaron para siempre, y vicios que no han sido superados 25 años después.

Quizá es injusto juzgar fuera de su momento, pero destaca el vicio de la hipocresía política. La imagen que se quiere construir del PRI de antaño es de un romanticismo inverosímil. La narrativa del magnicidio que trastorna el rumbo progresista del país, de los intereses oscuros que segaron la vida del reformador nato, de la resistencia del propio PRI a su inminente transformación, es punto menos que ofensiva. Nadie niega las luces reformistas del famoso discurso de Colosio frente al Monumento a la Revolución, ni el impulso democrático decidido que México vivió en la presidencia de Ernesto Zedillo, ni tampoco el que muchos actores de aquel entonces buscaron nuevos espacios para impulsar la reforma del poder. Pero resulta pueril querer reducir la historia de aquellos meses a las decisiones de los hombres de poder alrededor de Salinas y su sucesor.

Nos recuerda Marcos que la libertad es contagiosa y es adictiva; y apenas muestra la serie la profundidad y amplitud de las bases sociales y políticas del pluralismo que vendría. Si algo representó 1994, fue la descomposición profunda, ojalá definitiva, de un sistema político que desconfiaba de las personas y su capacidad para decidir por sí mismas en libertad y democracia.

Esa es la herencia histórica del PRI de aquellos años, y en ese contexto deben juzgarse sus acciones y omisiones.

Otra de las tragedias que perduran desde aquel entonces, y si acaso ha empeorado, es la de la impunidad. Lamentablemente no tenemos evidencia alguna que de entonces a la fecha hayamos construido instituciones de procuración de justicia que nos permitan confiar mínimamente en sus investigaciones. Seguimos desconfiando de los motivos, de los hallazgos, de las decisiones de los jueces, y de las implicaciones de todo ello. Es triste reconocer que ese es otro sacrificio sin sentido.

POR ALEJANDRO POIRÉ
DECANO
ESCUELA DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO
TECNOLÓGICO DE MONTERREY

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