La lámpara (casi) maravillosa

El mejor regalo para un niño es la posibilidad de imaginar. Siempre que no incluya monstruos de otro continente

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

La historia comienza igual que esa película de Disney que vimos demasiadas veces en la infancia: un hombre, de sospechosas barbas y loco turbante, nos ofrece un artículo que no le vendería a cualquiera. Nos pide que miremos con atención: se trata de una lámpara, pero ¡ah!, vaya lámpara. Posee poderes y secretos que pocos se atreven a imaginar. Otra cosa que posee: un precio irrisorio.

Tomando en cuenta que se trata de una lámpara mágica, claro está. Leyendo esto de nuevo parece bastante evidente el engaño, pero hey: estamos en el Gran Bazar de Estambul; aquí, una historia como esta es poco menos que predecible. Además, las cosas no ocurren exactamente así.

El mercader no lleva turbante, sino gorra de los Mets, ni promete mágicos resultados. Somos nosotros quienes fabricamos esta historia para convencernos de regalarle esa lámpara (esa historia) a nuestro sobrino Lucas. Con la lámpara todavía en la mano, vamos trazando lo que le contaremos: el misterioso mercader, el mercado colorido, el genio mágico que vive allí dentro aunque hace mucho nadie lo haya visto.

Nos emociona tanto la idea que conseguimos para Lucas un regalo más: unas piedritas de la playa de Olimpo, de dos colores: los dientes de leche que dos niños monstruo le dejaron al Ratón Pérez. Durante semanas, nos sentimos Reyes Magos de un mundo fantástico. Tíos que llegan del Lejano Oriente y traen nuevos rumbos para la imaginación, en vez de mirra (aunque el significado de esta palabra sea, en sí mismo, una calzada sólo transitable imaginando).

Cuando por fin vemos a Lucas, nos tiemblan las manos de emoción: imaginamos sus ojotes abriéndose más y más conforme vamos contándole del mercader de la exótica Turquía; el mínimo terror con el que nos preguntará por los monstruos de la costa mediterránea que abandonan los dientes bajo la arena y no bajo la almohada. Lo imaginamos tratando de descifrar los modos para liberar al genio y para llamar al Ratón Pérez a buscar de una buena vez por todas los bestiales dientes.

La imaginación es en realidad un laberinto: apenas empezamos a contarle de la lámpara, Lucas echa a llorar. Para nosotros la referencia del genio es aquel remedo azul de Robin Williams; para él, un éter voluntarioso (y acaso enojadísimo: está recién despierto) con voz de cueva. Y si existen monstruos en Turquía abandonando dientes, ¿de qué serán capaces cuando averigüen que él, y no el Ratón Pérez, tiene el tesoro de sus calcios? ¿Cómo le aseguramos que no cruzarán con chimuelos ímpetus el enorme océano? Pasamos un buen rato explicándole que no es tan grave: que imaginar es sólo eso, imaginar.

Pero olvidamos que, justo para él, justo cuando hay seres mágicos de por medio, imaginar es mucho más. Es algo importante, algo inclusive peligroso: algo capaz de sustituir para siempre esta película de Disney que llamamos realidad.

 

Por Ruy Feben y Carlota Rangel

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