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Mi promesa es hallarte: Esther Preciado se convirtió en rastreadora de El Fuerte, Sinaloa

El último contacto con su marido fue hace nueve años, cuando la buscó por teléfono. No supo más de él

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Esther Preciado busca a su esposo Bladimir, quien desapareció en 2013 en la ciudad de GuamúchilCréditos: EHDM

Hay promesas que son inquebrantables. “Orita te marco”, prometió Bladimir, pero no lo hizo. Eso no era usual en él. Aquel último contacto por teléfono, de un número que no volvió a responder, tiene cerca de nueve años.

El camino que desde entonces Esther, su esposa, siguió para saber qué impidió a su compañero de vida devolver aquella llamada, como hacía siempre, la llevó a convertirse en una rastreadora de El Fuerte, en Sinaloa.

“Mi esposo Bladimir desapareció en 2013 en la ciudad de Guamúchil. Ahí fue la última vez que tuvimos comunicación con él, y desde entonces ya no hemos sabido nada. A partir de ahí fue donde empezó esta lucha para buscarlo”, recuerda.

Pero no ha sido fácil para ella, como no lo ha sido para más de 800 familias que ahora forman parte de la organización.

Esther Preciado, madre de cuatro hijos, comenzó a buscarlo como pudo: entre las amistades, su familia, y siguió la ruta de El Fuerte a Guamúchil, para ver si hallaba la moto de Bladimir. Algunos le decían: “Seguro anda tomando”, pero “no, él no era así”, asegura.

“En aquel entonces, no había conocimiento de colectivos de búsqueda y, pues, cada quien buscaba a su modo”, comenta.

Antes de las palas y de varillar la agreste sierra, del calor intenso y de las jornadas extenuantes, sus primeras búsquedas fueron en las calles y hospitales. Recurrió a las autoridades pero lo primero que halló fue su indiferencia: no le daban una respuesta, no le decían nada.

A la fecha, la policía no ha hecho algo para localizar a su esposo. Las mismas tres hojas que ella y su suegra llenaron en su primera declaración, son las mismas que le mostraron hace año y medio cuando pudo recuperar la carpeta de investigación en Culiacán, la cual estuvo extraviada por años.

“Sabemos bien que no buscan. O sea, ellos no más siguen lo que uno les dice: ‘Ah, pues lo vi ahí’, pues… Yo creo que ni investigan, porque hasta el momento, lo mismo que yo puse en la declaración es lo único que está en su carpeta de investigación. No hay más”, señala.

Pero, lo más doloroso es la indiferencia de la sociedad: “Al saber que tienes un desaparecido, te miran como que, no sé, como si tuvieras alguna enfermedad. Esa es otra que vive una a lo largo de todo esto. Aparte de eso, se retiran de ti, tus amistades, tus amigos, la familia, incluso, te da la espalda. Y sí es muy difícil salir adelante”, sostiene entre lágrimas.

Sus hijos siempre la han acompañado, pero en especial, Rosa Alexandra, la más pequeña, que desde los seis años está a su lado. Cambió las muñecas por las palas para buscar a su papá. Ahora es la rastreadora más joven. “Mi papá era una persona muy alta. Cuando el desapareció, se me hizo muy rara la casa, porque ya no estaba él. Era el que siempre me regañaba. Sí es cierto, era muy regañón y todo, pero lo quería mucho”, afirma.

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