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Y ese día se hicieron leyenda

NACIONAL

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Tlatelolco. 2 de octubre. 1968. Es una fecha inolvidable. Para muchos , simplemente como recuerdo de la matanza que hubo ahí, una de la que nadie concuerda en las cifras, pero que de todas formas no debió haber ocurrido. Para otros, los menos, porque les pegó de cerca. Los afectados fueron sus compañeros, sus amigos, sus familiares. Porque estuvieron involucrados en directo, o como otros se quedaron en los márgenes por las circunstancias; algunos como testigos presenciales, otros circunstanciales. Algunos reporteros estuvieron ahí en directo. Otros, debimos cubrir la periferia y el después de un hecho que es parte de la historia y del mito de un Movimiento que medio siglo después sigue todavía envuelto en la polémica. Solo que los que escriben la historia son los que en aquel entonces fueron reprimidos. Tlatelolco había sido precedido ya por la ocupación temporal de Ciudad Universitaria, la Batalla de Santo Tomás y violentos choques en la misma unidad habitacional de Tlatelolco. El Movimiento estaba contra las cuerdas y la negociación con una comisión gubernamental estancada, con los representantes del Consejo Nacional de Huelga –o más bien parte de él– en una situación de debilidad. El mitin había sido convocado para las tres de la tarde, pero como era habitual, comenzó tarde. La tribuna fue improvisada en un balcón del edificio Chihuahua; la multitud tendría atrás, a su derecha, el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), las ruinas de la ciudad indígena de Tlatelolco y el templo de Santiago. La presencia de soldados en los alrededores de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, anunciaba por lo menos un desalojo. La Vocacional 7, justo en Tlatelolco –hoy en otra ubicación– se convirtió en un símbolo de resistencia por al apoyo de vecinos y padres de estudiantes. La historia indica que a las 18:10 una bengala salió de un helicóptero policial que vigilaba el mitin. Que a esa hora, elementos del Cuerpo de Paracaidistas comenzaron a moverse hacia la plancha de la plaza y que comenzaron a recibir fuego de tiradores escondidos en el edificio Chihuahua, el campanario de la iglesia y supervisado desde los pisos superiores de la SRE. La poca información que alcanzó a salir consignaba que el general Jesús Hernández Toledo, jefe del batallón de paracaidistas, había sido herido y que los soldados respondían el fuego de francotiradores estudiantiles. Después iniciaron los rumores sobre hombres armados e identificados con un guante blanco, el misterioso Batallón Olimpia. Para las 7 u 8 de la noche seguía el tiroteo, con menos intensidad, pero la información salía a cuentagotas. Se hablaba de una grave lesión a la periodista italiana Oriana Fallac –que luego se supo fue en el glúteo– y que otro reportero, el mexicano Rodolfo Rojas Zea, había sido lesionado. Recibimos "luz verde" para tratar de llegar a la plaza. Los reporteros ahí estaban incomunicados, refugiados al lado de vehículos blindados. Uno de ellos, Juanito Ibarrola (1.90 metros de alto y más de 140 kilos de peso) lanzó hacia fuera el micrófono de su grabadora para recoger un documento memorable. Entre tiroteo y tiroteo algunos empleados de la SRE trataban de salir de la zona. El hoy embajador retirado Ricardo Valero recuerda tropezar en la oscuridad con lo que cree era un cuerpo. Pero era imposible entrar... el sitio estaba en semioscuridad. El edificio Chihuahua estaba tomado y anegado por la ruptura de los tinacos por el fuego de las tanquetas. Algunos recuerdan el departamento 615, donde al menos dos miembros del Consejo de Huelga se escondieron, protegidos por la familia que ahí vivía, y escurrirse al día siguiente al pasar como parte de ella. Pero otros, la mayoría, no tuvieron esa suerte. Las fotografías muestran a detenidos, cariacontecidos y hasta semiinsensibles ante lo que habían vivido. Nadie sabe cuántos, no vivieron para contarlo: se ignora cuántos muertos hubo y las versiones aún oscilan entre 30 y 300 o más. Una docena de cadáveres se encontraba en la tercera delegación de Policía, incluso el de una mujer con el vientre destrozado por una bala expansiva y el de un joven con el cráneo deshecho. Ambulancias de la Cruz Roja y del ejército transportaron cadáveres. ¿Cuántos?, ¿dónde? Se habla del Campo Militar Número Uno. Pero como tantas otras leyendas urbanas, hasta ahora ha sido imposible de verificar.   Por JOSÉ CARREÑO FIGUERAS