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Y retiembla en su centro...

NACIONAL

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Y el movimiento estudiantil alcanzó su clímax. Ocurrió el 27 de agosto de 1968 con “la mayor manifestación de la que se tenga memoria en México”, como titularon los periódicos nacionales, la cual, según los mismos rotativos, avanzó con “medio millón de personas” del Museo de Antropología, en Chapultepec, a la Plaza de la Constitución, en busca de un diálogo público y el cumplimiento del pliego petitorio. Los primeros contingentes llegaron a la Calzada de la Milla alrededor de las 13:15 horas. Bajaban de autobuses y transportes especiales de la UNAM y del “Poli”. Encabezó el desfile la Coalición de Padres de Familia y Maestros, y se le unieron civiles, obreros, asociaciones de intelectuales, artesanos, la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo y la Normal Superior. De tanto en tanto, entre ellos, se gritaban números pares: “Dos, cuatro, seis, ocho...”, hasta llegar a 32, el cual identificaba a las víctimas de los disturbios del mes pasado y principios del actual. Cuando la multitud cruzó el Ángel de la Independencia, otro grupo esperaba ahí. Eran estudiantes de Medicina de la UNAM; en su mayoría, observados por elementos del Ejército y la Policía Preventiva. Se caminaba a paso constante y de forma pacífica, con cientos de vallas humanas que rechazaban intentos de provocación. Aplaudía la gente desde los edificios y arrojaba papel picado por montones; pedazos de periódicos, revistas y rollos de máquinas sumadoras, que caían sobre el monstruo de mil pies. Parecía un carnaval cívico. El tránsito de vehículos en Paseo de la Reforma quedó interrumpido a las 16:00 horas, una antes del inicio de la manifestación. Motociclistas, trabajadores y alumnos que conducían autobuses y coches se situaron en el carril sur de la avenida, para ordenar la marcha por el lado norte. Pancartas con la efigie de Demetrio Vallejo, Ernesto “El Che” Guevara, diatribas contra el gobierno, ¡goyas!, ¡huélums!, la consigna de: “¡No venimos a insultar, sino a razonar!” y los números pares, encontraban eco en el corazón de la ciudad. Los comercios de la zona cerraron sus puertas antes de la hora acostumbrada. Al pasar por la esquina de Avenida Juárez y Dolores, el contingente se detuvo súbitamente. Una pantalla luminosa, que proyectaba series de caricaturas, mostraba a un gorila con una pelota, jugando con otro simio. Los gritos de “¡Cueto, Cueto, Cueto!”, en referencia al general Luis Cueto Ramírez, quien fuera el detonador del movimiento estudiantil, renovaron el ánimo para seguir los pasos. A la altura de El Caballito, vinieron los ataques “contra la prensa vendida”. De un lado “Excélsior” y del otro “El Universal”. La gran marcha siguió por la avenida 5 de Mayo y llegó al Zócalo, a las 18:35 horas. La entrada de cada grupo fue recibida entre aplausos y porras, desde ventanas y balcones de sectores públicos y privados. Enseguida desfilaron los oradores. En Antropología, el cabús de la marcha aún no avanzaba. Hablaron Roberto Escudero, de la UNAM; Enrique Ruiz, del Frente Obrero de la zona de fábricas de San Bartolo; Luis Cervantes Cabeza de Vaca, de Chapingo; el ingeniero Heberto Castillo, de la Coalición de Maestros; el doctor Fausto Trejo, del IPN; Silvia O. de Sánchez, madre de familia; y Arnoldo Barrón, del IPN. Por aclamación, fue aprobado que ese 27 de agosto fuera denominado: “El Día de la Coalición Revolucionaria”, al constituirse la unión de estudiantes, obreros, padres de familia, maestros y campesinos. La Catedral se iluminó. Desde la parte alta de uno de los camiones del IPN, colocado frente a la puerta principal de Palacio Nacional, la proposición de uno de los representantes del Consejo Nacional de Huelga se escuchó por el altavoz: era necesario permanecer en la Plaza de la Constitución hasta que se resolvieran los seis puntos petitorios originales. Además de efectuar otro mitin semejante, en el mismo lugar, a las 10:00 horas del domingo 1 de septiembre. Se exigía la presencia de Alfonso Corona del Rosal, jefe del Departamento del Distrito Federal; de Luis Echeverría, secretario de Gobernación, y los procuradores de Justicia del DF y General de la República. Fue leída, también, una lista de 86 presos políticos de los que demandaban libertad, por considerar que su único delito “fue el de levantar la voz en defensa de los intereses del pueblo”. Ahí, en el Zócalo, la marcha estudiantil llegó al punto más alto de su capacidad organizativa. A los discursos de los seis oradores, maestros, civiles, obreros e intelectuales respondieron con aclamaciones y miles de antorchas encendidas de papel, que iluminaron el resto de la explanada. Alrededor, algo más se escuchó: “¡Es ésta, nuestra plaza, la hemos ganado y no la vamos a abandonar!”. Entre los cientos de miles de personas aparecieron vendedores ambulantes, padres de familia, artesanos y 200 ciegos, pertenecientes a la Asociación de Invidentes del Distrito Federal, quienes entonaron después las notas del Himno Nacional Mexicano. Con ayuda del padre sacristán Jesús Pérez, alumnos de la Escuela de Medicina del IPN entraron a la Catedral e hicieron sonar las campanas una y otra vez. Se calculaba que las guardias estarían compuestas por más de tres mil personas y que serían relevadas cada seis, pero seguía llegando gente. Sobre la acera del Monte de Piedad y Madero, cerca de las 22:00 horas, los más rezagados hacían camino junto a los demás. Para entonces, las pancartas, pintas y casas de campaña fueron multiplicándose cerca de la Catedral, a la vista de las autoridades. Un grupo de 700 estudiantes puso rumbo hacia Lecumberri, para exigir la liberación de los presos políticos, mientras otros, los más radicales, izaron la bandera rojinegra en el asta monumental del Zócalo. Había terminado el mitin.   Por ALBERTO ACEVES