Ayuda no ha llegado a comunidad en Oaxaca

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De la casa de palma de la familia de Liz Haydée Durán queda poco: la mitad fue tragada por el mar. El terreno que su padre le heredó dejó de tener un verde pastizal y se convirtió en un lago. "Creo que se bajó la tierra, se bajó un poquito la tierra y se subió el agua", explica. Su vivienda es la última del camino de tierra que está a unos 50 metros del Océano Pacífico, en San Mateo del Mar, Oaxaca. Desde el sismo del 7 de septiembre ha evitado estar ahí, pues existe el temor de que al resto de su hogar se derrumbe. Para volver habitarla con su marido, dos hijas de 8 y 5 años y dos niños de 10 y 3 años, necesitan más de 420 mil pesos, pero ante la falta de pesca, principal trabajo de Héctor, su esposo, ven lejano que pudieran volver a su hogar próximamente. En la comunidad las fosas sépticas reventaron y las aguas negras se mezclaron con las de la laguna, por ello la pesca se ha suspendido. Del programa de apoyo para la reconstrucción de viviendas del gobierno federal y estatal no saben nada. Hasta este punto de la comunidad no se han parado ninguna autoridad.
"Aquí las autoridades no quisieron entrar a censar, ya les hemos dicho que aquí sí vive gente pero no nos hacen caso, a veces cuando vamos al pueblo nos dan algo, pero ahorita es insuficiente".
Ahora viven en la casa de su cuñado, pero para ellos, que se encuentran a unos escasos 20 metros del terreno de Liz, la situación es similar. La comida y el dinero escasean, y aunque acuden al centro de la comunidad, donde la ayuda sí llega, siguen sin recibir nada. En la zona existen otras ocho casas devastadas, que a diferencia del resto de la comunidad, no cuentan con luz. Son cerca de 40 personas que se llaman a sí mismos los olvidados de la calle de los caminos del  pescador. Ahí está la casa de doña Mayra; las tres paredes que había logrado construir hace menos de un mes se cayeron tras el terremoto de 8.2 grados Rochter, y los ocho integrantes de su familia quedaron debajo del techo de palma. Ella ha tenido que ser el sostén de su familia, pues su marido, Alberto, está comisionado como policía comunitario y en esta comunidad no recibe salario por ello, es comunitario, y es un honor. Pero el dinero para éste familia ya es casi nulo, y lo único que piden es una lona para protegerse de la lluvia y el frío de la noche. De las despensas ya no cree nada, pues en los últimos 55 días ha ido con la esperanza de que le den alguna, pero siempre regresa con las manos vacías. "Dios no me deja, yo sé que ahorita voy a comer, mis hijos van a comer. Dios no me deja aunque la Marina diga que aquí no existe nadie, que es un basurero, no es cierto, aquí vivimos personas también", agrega mientras muestra un papel blanco, en el que le aseguraban que hoy le darían una despensa, pero por este día la ayuda sigue sin llegar.         LEE:Juchitán, el pueblo olvidado   https://www.youtube.com/watch?v=s7IDpjSpQwQ   Por Ricardo Ortiz

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