Jim Jeffries: El Calderero

Vivía ya de sus recuerdos, pero volvió al ring como la “esperanza blanca”, para enfrentar al afroamericano Jack Johnson, y el final no fue el deseado

Jim Jaffries, excampeón mundial de peso completo. Ilustración: Allan G. Ramírez
Jim Jaffries, excampeón mundial de peso completo. Ilustración: Allan G. Ramírez

La historia no lo ha tratado con el respeto y el reconocimiento que merece, y no obstante que no es el único en ese aspecto, ha habido un cierto grado de injusticia.

Estamos hablando de Jim Jeffries, ex campeón mundial de peso completo, retirado invicto como tal, y uno de los mejores que ha conocido la división.

Jim, quien nació como James Jackson, en Carroll, Ohio, y desde niño él y su familia se trasladaron a vivir en Burbank, California, es la primera esperanza blanca de la que se habló en el boxeo, en una de las épocas de más feroz racismo que se recuerdan en Estados Unidos, allá a principios del siglo pasado, cuando el rey de los cuadriláteros era un afroamericano llamado Jack Johnson, de quien ya hemos hecho algunos comentarios en este espacio.

Johnson había acabado con todos; y muy a su pesar, quienes lo despreciaban sabían que era dueño de una calidad poco común, y algunos desesperados empezaron a hablar de un adversario blanco capaz de acabar con él, de quitarle una corona que ya era un símbolo especial en Estados Unidos. Este tipo de peleador, sin embargo, no se veía por ninguna parte, hasta que un negociante del boxeo, uno de los promotores más hábiles de que se tenga memoria, comparable con cualquiera de los considerados mejores, el súper hábil y profundo conocedor de las multitudes, Tex Rickard, encontró lo que podría ser un atractivo irresistible para todos a quienes interesara el espectáculo de los puños.

Pensó en alguien que había sido un gran peleador, quien se hallaba viviendo plácidamente un retiro que se alargaba ya por casi seis años: el ya mencionado Jim Jeffries, que tenía en el pasado reciente su última batalla, sostenida el 26 de agosto de 1904, tras acabar con los más sobresalientes pesados de la época, reteniendo el título mundial al poner fuera de combate a Jack Munroe. Jeffries renunció a la corona y se fue a su granja imbatido y rico, tras una carrera extraordinaria en la que había salido vencedor en 19 batallas, con 16 nocauts. Tenía también dos empates.

No obstante que carecía de problemas económicos, empezaron a acercarse las tentaciones traducidas en ofrecimientos de dinero, que para aquel tiempo eran enormes, las cuales le llegaban permanentemente, para que firmara su retorno contra Jack Johnson.

Jeffries nunca fue un tipo presuntuoso. Al contrario, se le conocía por su humildad y decencia, pero de algún lado de su ser salió por lo menos un mínimo de eso que llaman ego, y que en distinta medida todos llevamos dentro. Eso y el constante bombardeo por todos los medios, diciéndole que era la esperanza blanca para acabar con el negro, lo llevaron a aceptar, a volver al gimnasio y a creer firmemente que podría vencer al que era un campeón mundial como pocos se han visto.

Tex Rickard, que era —reiteramos— un promotor especialísimo, construyó la arena para el que se esperaba un gran enfrentamiento, y posteriormente continuó con esa costumbre, que llegó al máximo en la década de los 20.

Las excentricidades de Tex parecían no tener límite, y llegó al extremo de invitar al entonces presidente de Estados Unidos, William Howard Taft, para que subiera al cuadrilátero en calidad de réferi, lo que obviamente no sucedió. Sin embargo, el político mencionado, según se dice, envió un telegrama al empresario, en el que le informaba que no podría acceder a su petición.

Llegó el día esperado, 4 de julio de 1910; la arena, erigida por instrucciones de Rickard, recibió el nombre de Anfiteatro, y el escenario grande fue Reno, Nevada. El promotor decidió actuar como tercer hombre entre las cuerdas.

El campeón Johnson registró un peso oficial de 208 libras, mientras que el veterano retador, y favorito sentimental de las masas, movió el fiel de la balanza hasta 227 libras.

La pelea fue originalmente programada a 15 asaltos, pero la preocupación de las mayorías que asistieron como espectadores se sintió desde los primeros rounds, cuando se empezó a ver que sería muy difícil, casi imposible, la victoria de la esperanza blanca.

Todo terminó a los 2 minutos con 20 segundos del round 15, con Jim Jeffries en la lona. No estaba inconsciente, pero sí muy golpeado y con su orgullo destruido.

El hombre había perdido por primera vez en su gloriosa campaña, fracasando en el intento al que lo empujaron los que eran conocidos como enemigos de quienes tuvieran sus orígenes en África, y que fueron respaldados por los miles de dólares que ganó el antiguo monarca, y por los también miles de aficionados que para aquella época tenía el boxeo.

Por Víctor Cota

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