Don Nacho Trelles, el adiós del gran maestro

Familiares y amigos despiden al estratega más ganador del futbol mexicano. Un infarto al corazón le quitó la vida, a los 103 años

117 partidos comandó a la Selección Nacional. Fotoarte: Miguel Ulloa.

Lo único de lo que me arrepiento es no haber aprendido a escribir a máquina. Me hubiera encantado poner en papel tantas cosas que viví, lugares y personas que pasaron por mi vida. Ese era Don Nacho Trelles. Técnico por definición, por excelencia, por portador de físico, ética, colmillo largo y osadía. A los 103 años, un infarto al corazón le quitó la vida. Pero Don Nacho fue un adelantado a su época, un hombre más parecido a este tiempo que a uno de los de antes.

Hijo de un electricista, nació el 31 de julio de 1916, en Guadalajara, pero vio futbol por primera vez a los 12 años. De cachucha, bigote y la mente astuta, se convirtió en el maestro de una larga fila de feligreses que triunfaron como entrenadores. Ganó siete campeonatos de Primera División, uno de Segunda, cuatro de Campeón de Campeones, dos de Copa y dos de la Concacaf. Dieciséis títulos en total, para el gran patriarca del futbol mexicano.

El martes amaneció muy cansado. Tenía un problema muscular, que más o menos estábamos controlando. Y al cuarto para las ocho (de la noche), su corazón dijo ‘hasta aquí, es hora de irnos’. Todo fue rápido, comparte Leticia Trelles, una de sus hijas. Hace 25 años, Don Nacho dirigió su último partido, aquella semifinal que perdió ante Pumas, en el Estadio Olímpico Universitario, cuando era técnico del Puebla.

Como seleccionador nacional, dirigió tres Copas del Mundo (Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66) y dos Juegos Olímpicos (1964 y 1968). Pero el partido que más significó fue ante Checoslovaquia (3-1), el 7 de junio de 1962, la primera victoria de México en un Mundial. Se nos fue el gran maestro, el más grande de todos. Un señor de pocas palabras, pero sabio, transparente y trabajador. Con él, la disciplina no era negociable. Fui uno de sus discípulos durante 10 años. Lo voy a echar mucho de menos, dice, conmovido, Carlos Jara Saguier, ex jugador suyo en el Cruz Azul de los años 70, con el que ganó dos campeonatos.

Nos hizo triunfadores, agrega Rodolfo Montoya, que también fue parte de ese equipo. Ese Cruz Azul jugaba como una máquina. Y todo por él: la máxima gloria que ha existido en el futbol mexicano. Entre los clásicos de la cultura popular, Don Nacho es uno de los grandes. Su guion de vida se escribió en una cancha de futbol, pero también en la San Miguel Chapultepec, su colonia y lugar eterno. Ahí llegó desde niño y ahí detuvo el tiempo, para irse a descansar.

No tengo la posibilidad de juntar todos los recuerdos que quisiera, pero me los llevo en el alma, dijo Don Nacho la última vez que puso a prueba su fuerza de voluntad, el 22 de julio del año pasado. Se trató de la presentación de su billete conmemorativo, en un evento encabezado por la Lotería Nacional. De traje gris y andadera, el Zorro sabio caminó unos pasos sin ayuda, arrastró la pierna derecha (lastimada desde su época como jugador) y terminó su viaje con una confesión: soy el hombre más feliz del mundo.

Alguna vez, su carácter quedó plasmado en un incidente con el árbitro Arturo Yamasaki, quien durante un partido lo expulsó del campo. Ante la negativa del técnico de abandonar su lugar, el silbante lo amenazó y le dijo: O se va usted o me voy yo. Don Nacho, fiel a sus principios, le respondió: Váyase usted, yo aquí estoy muy cómodo. El juego entonces quedó suspendido. Pero ése era él, un terror para los hombres de negro. Mediador de contiendas calientes, también interruptor de partidos. Extraordinariamente único. El mundo despide al hombre que inventó el puesto de entrenador en México.

Por Alberto Aceves
lctl

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