Restaurante Lhardy: Testigo de la historia

En sus comedores se han decidido desde derrocamientos de reyes hasta el fin de una dictadura

Una comida en el Lhardy permite evocar el mundo señorial,
mientras se disfruta de
la mejor gastronomía
española. Foto: JORGE GÓNGORA
Una comida en el Lhardy permite evocar el mundo señorial, mientras se disfruta de la mejor gastronomía española. Foto: JORGE GÓNGORA

Si las paredes hablaran, aseguró Daniel Marugán, quien al frente de Lhardy, en Madrid, España, revivió las historias de la aristocracia del siglo XIX con sus anécdotas. Por sus exquisitos salones era asiduo Alfonso XII, en Lhardy se han decidido derrocamientos de reyes y dictadores, se celebraron consejos de ministros, conspiraciones; se nombró al Presidente de la República, se reunían los más importantes escritores (Benito Pérez Galdós, Azorín, Pío Baroja y Valle Inclán).

 

 

Cuenta con cinco salones: Isabelino, Blanco, Sarasate, Gayarre y Japonés, este último, sin lugar a dudas, el más histórico, un espacio pequeño y decorado al puro estilo del Sol Naciente, que para la época era algo verdaderamente único.

Esta joya gastronómica comenzó sus andaduras en 1839 como una tienda de ultramarinos y, meses después, funcionó como el primer restaurante con mesas separadas con manteles, precios fijos y fue el primer restaurante que permitió la entrada a mujeres solas.

 

 

Su fundador fue el francés Emilio Huguenin Lhardy, quien teniendo su restaurante en Burdeos, Francia, tuvo contacto con todos los exiliados españoles y, terminado el poder absoluto de Napoleón Bonaparte, decidió ir a España. El nombre lo tomó de un famoso café de París y se autonombró Emilio Lhardy.

Al morir Emilio, su hijo Agustín, quien era un pintor, supo llevar dos artes, el de la pintura y el de la gastronomía; tuvo una amistad con el también pintor Mariano Benlliure, quien lo apoyó a posicionar Lhardy.

 

 

Hay que agradecerle que introdujera el cocido madrileño y los callos que, en esa época, era la comida del pueblo llano. Él lo convirtió en un platillo estrella en su restaurante, y no lo debió de hacer mal, porque todavía son lo más famoso de Lhardy.

Daniel comentó que la familia Lhardy lo hizo muy bien, ya que decidieron vender a sus empleados el negocio y fue su bisabuelo uno de los elegidos, así que como él dice: Lo he heredado, pero lo trabajo con mi mayor entusiasmo todos los días. Es difícil mantener esta historia tan interesante y original a nivel mundial, pero todo vale la pena al ver la satisfacción de los clientes, que muchas veces comentan que no ha cambiado nada desde que iban cuando eran pequeños, eso no tiene precio.

Por los pasillos de Lhardy sigue andando lo mejor de la aristocracia, la cultura y la política, sin embargo, de acuerdo con Daniel hace falta más apoyo económico de las autoridades para la conservación de las pinturas, las esculturas, tapices y demás artículos que decoran y hacen especial a este restaurante madrileño.

La mejor experiencia

Una comida en el Lhardy permite evocar el mundo señorial, mientras se disfruta de la mejor gastronomía española.

 

Por Armando Oropeza

Foto Jorge Góngora

Coordinación Rosa Ruiz

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