Varillar: tras las pistas de la muerte

Con barras, ubican restos de sus seres queridos; han desarrollado técnicas para excavar fosas clandestinas

CUARTOSCURO
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La zona huele a muerte. Una cruz de varillas de un metro con 20 centímetros fue incrustada en la tierra; apenas tocó fondo y es subida de nuevo, justo a la nariz de la rastreadora: el olor fétido da la señal. Otra mujer con un palo comienza a remover la tierra suelta y una más ocupa una pala para comenzar a excavar. Vuelven a experimentar el horror y cierta emoción.

Algunas lloran, pero no dejan de trabajar después de que salen de entre las piedras y el polvo un hilacho de lo que alguna vez fue una playera, una suela maltrecha de unos tenis y finalmente los restos óseos. Agradecen por encontrar el tesoro y continúan con el protocolo para lograr la identificación.

Mirna en Sinaloa, Lucía de los Ángeles en Veracruz y Mario Vergara en Guerrero –entre decenas de personas-, tuvieron que aprender a conjugar el verbo varillar, un terminó que no existe en la Real Academia de la Lengua, pero que cobró relevancia a fuerza de la tenacidad de quien tiene una persona desaparecida.

Al principio no tenían idea de cómo iniciar una búsqueda. Las autoridades toman los reportes, pero no hacen investigaciones. No, eso lo comenzaron a hacer los familiares de los desaparecidos ante la desesperación y la esperanza de encontrarlos vivos o, en el peor de los casos, en los cientos de fosas clandestinas, pero encontrarlos.

El dolor y la inacción de las autoridades estatales los han llevado a inventar sus métodos de búsqueda, a afinarlos. Primero usábamos palos; les hacíamos una punta, pero no había resultados, hasta que de otros colectivos nos compartieron la técnica de las varillas. Llegábamos con picos, con palos, con lo que fuera y comenzábamos a escarbar, pero los resultados eran pocos, narra Mirna.

Las varillas, por su estructura, permiten que se impregne el olor de un cuerpo en descomposición. Cada colectivo lleva las suyas como herramienta para determinar si hay restos. Algunos grupos las construyen con la forma más elemental, la más económica, que consiste en formar una cruz; otros, han sofisticado la técnica al soldar un círculo arriba, cruzado por un trozo recto, lo que le da mayor estabilidad.

Mario Vergara, en Guerrero, no sólo busca en su tierra natal, acude a otros estados, donde se requiera ayuda. Su experiencia le ha enseñado a cargar con todo lo que permita una búsqueda más eficiente: brújula, sistema GPS, cascos, cuerdas, una mochila con lo necesario para sobrevivir, incluido material de primeros auxilios; su última adquisición: una lupa.

Y a bocajarro, truena: En Guerrero se puede decir que somos afortunados: nos dejan los cuerpos enteros; en Veracruz, Coahuila, Tamaulipas, son calcinados, quedan fragmentos tan pequeños que son muy difíciles de identificar.

El hombre que busca incansable a su hermano Tomás, que desapareció en Guerrero en julio de 2012. Forma parte del colectivo Los otros desaparecidos, que se juntaron después de la tragedia de Ayotzinapa, cuando desaparecieron 43 normalistas. Desde entonces han excava en distintas zonas del estado y han logrado encontrar los restos de unas 150 personas.

Pero Mario dice que la lucha no termina y explica que cada búsqueda requiere una técnica distinta. El varillar funciona, pero no en todos lados: en algunos entierros clandestinos, la varilla se topa con piedras que impiden detectar los restos. Ahí es mejor usar la pala.

Lucía de los Ángeles, del colectivo Solecito, busca a su hijo; dice que las varillas han servido de herramienta, salvo en lugares pantanosos y cercanos a las playas, en Veracruz; ahí, la humedad impide que se impregne el olor.

Desde ese grupo, donde participan unas 150 personas, han hallado restos de unas 260 personas en 127 fosas ilegales en Colinas de Santa Fe. La mayoría son mujeres. Al principio usan las varillas pero después le pagan a excavadores para que ayuden con la labor. Estima que gastan unos 10 mil pesos a la semana.

Lo mismo ocurre con Las rastreadoras de Sinaloa; formadas por mujeres que han hecho de las varillas su herramienta principal, pero no dejan el resto de aparatos que les ayudan a desenterrar la verdad, comenta Mirna, quien también busca a su hijo. Cargan con sus palas, sus machetes y mucha fe.

Mirna cuenta que han tenido que salir huyendo de algunos parajes, donde las reciben ráfagas de balas, pero ni eso las desalienta. Siguen en la búsqueda.

Además, deben soportar el regaño de las autoridades. Les dicen que no toquen los restos porque alteran la escena y pueden incurrir en un delito. Además de que no ayudan, nos amenazan, pero no dejaremos de buscar, advierte Mario.

Y así van todos. Los casi 70 colectivos que buscan a sus desaparecidos. Sobreviven entre los donativos y sus recursos, de regalos para hacerse de herramientas, de la esperanza de hallar con vida a sus hijos, hermanas, esposos, hombres y mujeres que según las cifras oficiales superan los 30 mil en todo el país.

Viven con la esperanza de encontrar con vida a los suyos y, en el peor de los casos, sus restos, que si bien no es lo ideal, les ayuda a terminar con la angustia.

Por Fabiola Cancino

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