Pasa de todo por las balsas

Grupos de guatemaltecos y mexicanos cruzan personas y mercancías por el Suchiate

Migrantes atraviesan el río Suchiate; los llevan balseros guatemaltecos. FOTOS: MARCOPOLO HEAM
Migrantes atraviesan el río Suchiate; los llevan balseros guatemaltecos. FOTOS: MARCOPOLO HEAM

La pobreza extrema en las ciudades fronterizas de México y Guatemala ha llevado a que una parte de la población subsista con la generación de más de 600 empleos en el río Suchiate, entre balseros, cargadores y encargados de supervisar los viajes.

Aquí pasa de todo; lo pueden llevar oculto en cajas y nosotros no somos autoridad para pedirles papeles. Hacemos nuestro trabajo.

Alexander es originario de Tecún Umán, San Marcos, Guatemala. Desde los 12 años comenzó a trabajar en las cámaras (o balsas) para el grupo de La cruz, uno de los siete que existen en el río Suchiate, a un costado del Paso Migratorio Suchiate I.

Los que más pasan son los hondureños, los ‘negritos’, como tres grupos en la madrugada. Aquí no paran ni las piedras; todo fluye, cuenta, mientras descarga un camión con 100 costales de maíz que luego trasladará hacia Guatemala.

Viene de Baja California, señala el conductor del camión. Mientras, un cargamento de 50 rejas de jitomate llega de Guatemala. Los bicitaxis cobran cinco pesos por cada una, las cuales se distribuyen en comercios de Ciudad Hidalgo, México.

A las 5 de la mañana, un joven delgado de brazos fuertes comienza a armar más balsas. Un foco ilumina a medias parte del río. Se ve una balsa con migrantes extracontinentales. Ellos siempre pasan de madrugada, pero pocos, dice Alexander.

Tras el paso de la primera caravana en octubre, el flujo de migrantes disminuyó. Ahora los pasamos de México a Guatemala, porque no pudieron pasar y ya van de regreso, cuenta don Cristóbal, balsero mexicano.

Con la llegada de la Guardia Nacional buscarán la manera de dialogar con las autoridades locales, pues la vigilancia pondría en pausa la economía de las ciudades fronterizas.

No sabemos de quién es culpa —dice don José, mientras observa a los militares que vigilan el afluente—, si de los migrantes o del gobierno; sólo sabemos que ya perdí mis 60 quetzales (150 pesos) que podía ganar.

Los balseros están organizados en grupos. No tienen cooperativas, ni sindicatos, y temen que su trabajo sea etiquetado como contrabando.

Ganan entre 60 y 100 quetzales libres al día, además de 50 quetzales que pagan por turno a los encargados de contabilizar el número de viajes que hacen; 40 más a los dueños de las cámaras. Trabajamos como cualquier transporte, pagando a otros para poder comer.

Las varas de mangle que usan para deslizarse también las rentan en cinco quetzales.

Don Crisancio es el encargado de Palenque, una de las siete organizaciones; dice que el dinero que ganan tienen que cuidarlo porque trabajan por turnos: un día sí y el otro no, para que todos ganemos.

Aunque hay balsas en ambos lados del río, respetan el espacio y los de México sólo pueden llevar, pero no traer.

Aunque la mercancía que entra es libre de impuestos, su paso es abaratado, por lo que se cobra hasta cinco dólares a extranjeros que no hablan español.

Los centroamericanos ahora prefieren ir de Huehuetenango, Guatemala, para cruzar por la zona norte de Chiapas, México. Si prohíben el paso en el río, la migración aumentará, porque nosotros también buscaremos el sueño americano, lamenta el balsero de nombre Alexis.

Por Jeny Pascacio

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