Maestras en el arte del calzado

Las mujeres de Naolinco llevan el arte del calzado en los talleres de zapato y le enseñan a sus hijos y nietos el oficio paso a paso

Mujeres y hombres
son eslabones de
la misma cadena:
hacen el corte, las
plantillas, la horma y
la costura reforzada
Mujeres y hombres son eslabones de la misma cadena: hacen el corte, las plantillas, la horma y la costura reforzada

XALAPA. Las abuelas y madres enseñaron al pueblo la horma del zapato, el pespunte, el ensamble y colocación de suela. Ellas fueron las iniciadoras de la producción del calzado en Naolinco, municipio ubicado en la zona montañosa de Veracruz.

La dinámica familiar de las décadas de los 80 y los 90 las alejaron de ésta ardua labor. Pero ahora las mujeres regresan a los talleres artesanales, instalados en galeras antiguas, para trabajar, hombro a hombro, con los hombres.

Mujeres de diferentes edades cubren jornadas de seis a ocho horas diarias, y también tienen la posibilidad de llevarse los deberes al hogar, donde lo van alternando con las tareas domésticas y el cuidado de los hijos.

Cuando yo entré (hace 17 años) se sorprendían de ver a una mujer, pero en los últimos años han visto más, dice Maribel García, que empezó colocando clavos en los zapatos.

Su trabajo ahora es emplantillar el calzado, dar el último detalle y colocarlo en las cajas para enviarlo a su destino. Pero cuando el taller de don Ismael Escobar tiene más pedidos, se le asignan otras actividades.

La mujer se inició cuando tenía tan sólo 15 años de edad. Hoy lleva a sus hijos, de cuatro y nueve años, a su centro de trabajo. La más grandecita ya usa el calzado en el que su madre puso su esfuerzo.

En Naolinco, 80 por ciento de las familias se dedica a la elaboración del calzado. Son cerca de 300 pequeños productores en este pueblo que cada año –el 25 de octubre– rinde tributo a San Crispín, patrón de los zapateros.

A corta edad, hombres y mujeres aprenden el oficio de familiares o compañeros de trabajo; la mayoría llega sin saber nada, pero con el paso de los días adquieren experiencia.

Así ocurrió con Lilia Barradas. En las vísperas de su cumpleaños 70, aún es una pespunteadora: coge su máquina de coser y une los trazos de piel (cortados previamente) para formar desde finos diseños hasta modelos sobrios.

A doña Lilia le tuvieron que prestar dinero para comprarse su primera Singer, a los 15 años de edad. Es la misma que usa desde la sala de su hogar cuando su sobrino, Neto Barradas, le lleva trabajo. Años después se casó y siguió al lado de su esposo.

Ella enseñó a sus dos hijos, que viven de la producción de calzado, lo mismo que su hermano y sobrino, quienes aprendieron de las mujeres: su madre y abuela. Fueron las mujeres, asegura, las que iniciaron en Naolinco la elaboración de botines y sandalias.

Aquí, las mujeres de ahora no sólo arman, cosen y sacan las piezas principales de cada molde, como lo hace Graciela Velázquez, desde hace 15 años. Ella acude al taller en busca de encargos y trabaja desde su casa.

No hay muchas mujeres; somos contadas. Algunas se dedican a otras labores, enfatiza la mujer con cierta timidez, aunque se desenvuelve con normalidad entre los hombres del taller al que va por su trabajo.

Lucia Flores lleva cuatro años de laborar en esta pequeña industria. Se encarga de vulcanizar y colocar las suelas de los zapatos, a los que deben poner líquidos especiales, dejar que se activen y después ejercer presión para que se adhieran de forma uniforme.

El oficio lo aprendió de sus compañeros: Unos enseñan a otros; la mayoría del pueblo se dedica a esto.

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