CÚPULA

"Rocío", un documental de Darío Guerrero

El autor logró comunicar en video la experiencia de perder a su madre

CULTURA

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TRANSFORMACIÓN. Foto: Max McGillivray. Cortesía de Darío Guerrero.

Mi mamá falleció en agosto del 2014 a causa de cáncer renal. Tomé un año de descanso de la Universidad de Harvard para estar a su lado y grabé la experiencia para hacer un documental.

Me encantó el proceso de editar, podía manipular el tiempo y, a veces, detener el fallecimiento de mi madre. Cuando buscaba por los vídeos viejos de mi familia, es como si la resucitara. Luego montaba los videos y creaba sentimientos, sentimientos que conmovieran. De muchas formas me sentía como un Dios y callaba el llanto de mi corazón por la pérdida de mi madre.

Gracias a mi papá que siempre me ha apoyado, no tuve que trabajar inmediatamente al graduarme de la universidad. Me sumergí y refugié en el mundo del cine. Estudié las teorías soviéticas de la edición, las actuaciones japonesas de Kurosawa, los temas universales de las películas de zombis –que son mis favoritas–. Y pude poco a poco crear un producto que comunicaba todos los sentimientos de la experiencia de perder a mi mamá.

Tardé dos años en crear la versión final. Fue más que el proceso profesional que había aprendido en la escuela. Tuve que afligirme y encontrar clausura en mi corazón antes de poder plasmarlo en la pantalla. Cuando me sentí satisfecho con el video, se lo empecé a mostrar a mis amigos. Pronto me di cuenta de que algunas partes del documental no eran apropiadas para que la gente las viera. Aunque mi familia estaba de acuerdo con la película, había momentos en los que mi madre me había dicho que guardara la cámara. Yo le desobedecí. Cuando borré todos esos momentos, la película empezó a tomar forma. Empecé mostrándolo a desconocidos. Viendo cómo las audiencias suspiraban, me confirmaban que mis instintos habían sido correctos. La película tenía efecto emocional.

El poder ver mi documental en la pantalla grande y sentir las energías colectivas, me dieron la oportunidad de cortarle fracciones mínimas a ciertas escenas. De esa manera pude lograr que el documental mantuviera momentos emocionales de escena a escena. Con varias presentaciones fui refinando el video hasta que ya no había más cosa que hacerle. Entendí que la película estaba en su momento –más bien, yo estaba en mi momento–. Había superado parte del trauma a solas, y ahora iba a ver si tenía valor para mostrar esta historia al mundo.

RABAJO. Cartel del documental Rocío, 2018 de Darío Gerrero.

Gracias a Dios, la película encontró hogar en las salas de universidades, centros comunitarios y bibliotecas de mi ciudad. Recibí muchos mensajes de estudiantes indocumentados por todos EU pidiendo que los visitara. Fue una experiencia bien bonita. Llegué a conocer muchos estados del país, y hasta llegué a comunidades que nunca había esperado, como AppalachianStateUniversity en Carolina del Norte y BlackStar Film Festival en Filadelfia.

Por fin tuve recompensa por mi trabajo artístico, pero por dentro me sentía vacío. Pasaba noches en ciudades desconocidas, sintiéndome solo, sabiendo que afuera de mi ventana estaba el mundo que tanto quería conocer. No solamente extrañaba a mis papás o mis hermanos, sino sentía de nuevo que algo estaba mal. Fundamentalmente me sentía débil físicamente.

Desde pequeño, mi mamá nos enseñó que nuestra salud está en nuestras manos; yo procuro usar remedios caseros cuando es apropiado para curarnos. Pero en sus últimos años de vida, antes de que supiéramos que tenía cáncer, ella y yo nos volvimos paranoicos. Yo estaba en la universidad, y solía entrar a la sala de emergencias por cualquier comezón que me daba. Temía que algo estuviera muy mal conmigo. Desde Los Ángeles, mi mamá a cada rato se hacía exámenes y se quejaba con su médico de que sentía algo malo en su panza. Sentía una bola en su lado izquierdo, por arriba de su riñón. Los doctores le decían que no era nada, que no tenía necesidad de hacerse estudios más comprensivos. Cuando por fin le confirmaron que tenía algo alarmante, ya era demasiado tarde. En ese entonces, en la universidad, había subido 40 libras y el cáncer era lo último que pasaba por mi mente.

Desde que mi madre falleció, emprendí nuevamente el control sobre mi salud. Logré bajar de peso y ahora que tengo 28 años, comúnmente me dice la gente que me veo más joven. La carita redonda es herencia de mi madre. Lo demás se lo debo al boxeo, que empecé a practicar a los 16 años cuando mi papá me llevó a un gimnasio por primera vez. El deporte ha sido parte de mi vida por mucho tiempo, día con día crece su lugar en mi corazón. Quizás sea por miedo a que me pegue una enfermedad.

Al principio solamente me encantaba ver mis peleas grabadas en cámara, y practicaba para copiar a mis boxeadores favoritos, pero con el fallecimiento de mi madre me di cuenta de que el momento grabado no se compara al momento vivido. Ahora practico para sentir cómo mi cuerpo y mi cerebro se adaptan en respuesta al estrés. Los mejoramientos de cada día se trasladan a todo lo que hago, vivo y pienso. La manera en que saludo, mis movimientos y hasta cómo respiro está en flujo constante, como una sesión infinita en la cámara de edición. Mi meta es practicar estas lecciones en el cuadrilátero como púgil profesional.

Es muy diferente al mundo que viví en la universidad, pero trato de pensar en las similitudes. Las peleas son discursos en los cuales intercambiamos ideas y exponemos faltas de lógica del oponente. El oponente es solamente otro alumno de la misma disciplina. El aula es el mundo.

Por Darío Guerrero

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