CÚPULA

Búho

Presentamos en “Cúpula” el siguiente texto del proyecto “Plumario”, con pinturas de aves de Carmen Parra

CULTURA

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Carmen Parra. 'Serie Aves. Búho', 2020. Acuarela y lápiz sobre papel. Cortesía: Carmen Parra.

Cuando después de una larga travesía por mares procelosos y una vez que terminó el diluvio, el arca de Noé se asento en la cúspide del monte Ararat y descendimos, fui precedido por un ave de extraña figura que me guio por las laderas del monte y luego se introdujo en un robledal, en cuyo centro nos detuvimos.

El ave subió a la rama de un inmenso roble y desde ahí se dirigió a mí y me dijo: Sí, ya sé que soy un pájaro singular y quiero declarar cuál será mi destino.

Como podrás admirar, me dijo mirándome fijamente: mi plumaje es bello, de un color plateado con plumas negras y de color ocre entrelazadas; es esponjoso y cubre mi cabeza con una corola iridiscente. Mis ojos son ambarinos, brillantes y sugestivos. Mi mirada penetrante. Tengo la facultad de poder girar mi cabeza en 180 grados para poder mirar todo lo que me rodea.

Soy por naturaleza un depredador nocturno –exclamó con tono siniestro–, así es que mi vigilia será nocturna y sólo se me podrá ver volar durante la noche. Asimismo, no sé piar como las demás aves y seré reconocido por mi ulular que se escuchará de manera intermitente –afirmó y emitió un sonido que me puso los cabellos de punta–.

Dada mi postura hierática –continuó–, seré asociado con la sabiduría, con los pensamientos filosóficos profundos y, eso no sé por qué, con los jurisconsultos y los chupatintas judiciales.

El Búho calló por varios minutos, mismos que aprovechó para espulgar su plumaje. Luego avanzó unos pasos sobre la rama del roble y aseguró: Creo que los griegos me identificarán con la diosa Minerva, deidad de la sabiduría; sin que él ni yo supiésemos en esos momentos quiénes eran los “griegos”, ni donde desarrollarían su cultura.

De pronto, el Búho extendió sus alas prodigiosas y echó a volar para perderse en la espesura de la fronda.

Yo comencé a caminar por un sendero que no existía y me perdí en el tiempo.

Muchos años pasaron sin que volviese a toparme con un búho. Sus hábitos nocturnos me fueron ajenos, pero siempre supe de su existencia por el ulular que escuchaba en cañadas y montañas. Sin embargo, llegó un día en que fui a parar en una ciudad de Europa del Este llamada Praga. Ahí, deambulando por sus callejuelas, crucé el río Moldavia, por encima del hermosísimo puente del Rey Carlos, y fui a parar en un enorme jardín que, entre otras cosas hermosas, dignas de contemplar y admirarse, en una esquina está una enorme jaula que alberga, ¡quién iba a decírmelo!, a dos enormes búhos, del tamaño de un chiquillo de siete años, que, en ese momento, dormitaban sobre una robusta viga de cedro.

No pude hacer más que admirarlos asombrado. Los

búhos tenían los ojos abiertos. Dos trozos de ámbar bordeados por una cintilla roja. Sus picos en forma de gancho aguzado se abrían y cerraban para, entre ululidos con la frecuencia del hipo, formular palabras de una sabiduría notable.

Quedé alelado un buen rato hasta que la presencia de un viejo me sacó del estupor.

Está usted contemplando a dos portentos –dijo con una voz grave de sonoridad tersa–, los praguenses veneramos a estos búhos y los hemos bautizado con los nombres de dos de nuestros artistas más notables. El búho de la izquierda se llama Franz Kafka y el de la derecha Alphonse Mucha.

Yo me quedé perplejo. ¿Kafka, el escritor? – pregunté. ¿Mucha, el pionero del art  nouveau?

Sí, me respondió el hombre. Luego, agregó: –Si los mira con detenimiento y los escucha, entenderá por qué.

Me aproximé a la jaula y, así, pude escuchar al búho del lado siniestro cómo recitaba párrafos completos de La Metamorfosis; y al de la derecha describir los emplomados que estaba preparando para los vitrales de una catedral francesa.

Quedé maravillado, deslumbrado con la inteligencia de los búhos, y es hasta hoy, cuando padezco una esquizofrenia severa, que me he atrevido a hablar de las virtudes de los búhos y dejar la inclusión de sus parientes: lechuzas y tecolotes para otra ocasión. Debo confesar que todavía me da mucho miedo aquella sentencia que dice: “El indio muere cuando el tecolote canta”.

Por Eugenio Aguirre/ Carmen Parra

PAL