CÚPULA

Una colección es un cúmulo de conversaciones

Con el paso de los años, el acervo ha ampliado y mutado su vocación, sus líneas de investigación y su política de adquisición

CULTURA

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ACERVO. Exhibición conmemorativa de la X Bienal FEMSA con todas las obras ganadoras, Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO, 2012. Cortesía: Colección FEMSA.

En uno de sus libros, la venezolana Tiqui Atencio se refiere al mundo del coleccionismo como algo que también es un mundo del habla. Creo que más allá del habla, habría que entenderlo como el mundo de la conversación.

Una colección es el resultado de las conversaciones y los relatos que suceden en distintas esferas alrededor de ésta y que, a su vez, la atraviesan. Por una parte, está la historia del arte y la crítica que contextualizan y enfocan la mira de una colección. Por otra parte, está el mercado del arte y sus flujos, cuya cercanía con las instituciones culturales permea hacia sus acervos y viceversa, de tal manera que ahora son difíciles de distinguir los límites y los alcances de uno y otro. También están las personas que toman las decisiones de qué incorporar al acervo y su relación con los elementos anteriores y con todas las personas que transitan el sistema del arte. Por último, pero no menos importante, están los diálogos entre los objetos que la conforman y las interacciones con los usuarios. Por lo tanto, una colección que se comparte es un acto de fe en la colectividad. Por eso es importante entender una colección activa como una viva, donde estos intercambios influyen sobre su esencia. En ella se pueden advertir los cambios y las tendencias de distintos momentos, dependiendo de los años que lleve. A lo largo de su desarrollo, la Colección FEMSA ha ampliado su vocación y líneas de investigación,y las mismas piezas que la integran han modificado sus políticas y procesos de adquisición. Incluso, estos dos  últimos años han implicado una mirada hacia el interior, hacia sus acciones, narrativas y lenguaje institucional.

ACERVO. Exhibición conmemorativa de la X Bienal FEMSA con todas las obras ganadoras, Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO, 2012. Cortesía: Colección FEMSA.

De esta manera, podríamos entender a la Colección FEMSA no sólo como un registro del arte latinoamericano, sino de su misma existencia y las personas que han interactuado con ella. En su acervo podemos notar la presencia del Museo de Monterrey (origen de la colección), sus exposiciones y líneas de investigación, y el desarrollo de la Bienal FEMSA, los valores y apuestas del jurado de cada edición, y, a su vez, la impronta de cada una de las personas que han conformado el Programa Cultural, la Bienal FEMSA y el Museo de Monterrey.

A lo largo de sus XIV ediciones, la Bienal FEMSA ha fungido –como bien señala la historiadora y crítica de arte Karen Cordero Reiman– como una radiografía del ámbito artístico y como contraparte de la colección. Mientras su principal enfoque ha estado concentrado en los hitos del arte latinoamericano, en un recorrido por los principales movimientos y representantes del arte en este bloque de países, las obras integradas por medio de los premios, donaciones y adquisiciones de la Bienal FEMSA han enriquecido el acervo con propuestas de artistas más jóvenes –lo que implica estimular la producción de artistas vivos y la difusión de su trabajo– y críticos, que han expandido las narrativas que abarca la colección y que le brindan posibilidades de contar otros relatos del arte latinoamericano (que después estos relatos se integren al hegemónico, probablemente sea material para toda otra columna). La independencia del jurado de la Bienal con la misma empresa, permitió que el certamen incluyera obras que de otra forma hubiera sido muy difícil que alcanzaran las plataformas del Programa Cultural FEMSA o de alguna otra institución cultural. Por lo que algunas de las obras con posicionamientos más críticos del acervo de esta colección se integraron a través de este certamen —ahora proyecto curatorial itinerante— porque esta es parte de la función que siempre ha tenido la Bienal: mostrarnos qué es lo que está pasando en la producción artística en México y la compleja realidad social que nos aqueja.

La Bienal fue de las primeras en reconocer la instalación en la escena artística nacional como un formato de interés. En su IV edición fue premiada Memoria fosilizada (1999) de Grupo SEMEFO, la cual contiene pertenencias de 246 personas que fueron asesinadas. Esta obra, junto con San Francisco Javier de la serie Tierra arrasada (2009) y Xix II de la serie Tierra arrasada (2009), premiadas en la IX Bienal FEMSA, que recuentan un proyecto etnocida en Guatemala en la década de los 80, abordan las violencias estructurales de los países latinoamericanos y permiten ampliar las discusiones que una colección puede tener en la región; en México, un ejemplo, donde existen organizaciones como Madres Buscadoras de Sonora. A su vez, resignifica obras como El alanceado, de la serie Los Teúles (1947) de José Clemente Orozco y hace que las palabras de Escrito en los acantilados (1993) de Raúl Zurita –que abordó un texto firmado por Magaly Hernández y publicado recientemente en este suplemento Cúpula– resuenen más fuerte todavía.

Retomando la idea de una colección como algo vivo, en constante construcción y replanteamiento, el nuevo esquema de la Bienal FEMSA —un programa curatorial que se extiende a lo largo de un año en una sede cambiante y obras comisionadas que se trabajan en el contexto de una comunidad específica y con personas que forman parte de ésta— nos plantea el reto de cómo presentarlas, de aquéllas que se integran al acervo, sin obviar su contexto.

Conscientes de que es una de las bienales con la trayectoria más larga en México y que es una plataforma de visibilidad y legitimidad, las obras que se han integrado a la colección vía la Bienal, a lo largo de estas casi tres décadas de existencia, abordan a artistas cuya trayectoria sigue creciendo, otros que ya se han consolidado en el medio y otros que tuvieron que dejar su carrera como artistas para buscar otros medios de vida. Así, el acervo también refleja lo difícil que es vivir del arte y lo mucho que nos queda por hacer para que se reconozca el trabajo con arte y que éste sea un sector menos precarizado. Refleja también la necesidad de espacios dentro y fuera de las instituciones para presentar y difundir las obras y de coleccionistas, y nos recuerda el por qué existimos y cómo, lo que hacemos, incide en el ámbito y reafirma nuestro interés en ampliar las conversaciones en torno al arte y sus protagonistas.

Por Beto Díaz Suárez

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