CÚPULA

Coleccionismo de arte en México; entre lo estatal y lo particular

Tanto los acervos privados como los públicos, se han sido formando de manera circunstancial y aleatoria, como ensayos de construcción identitaria

CULTURA

·
SALA. Obras de la colección permanente, Museo Textil de Oaxaca. Cortesía Gobierno del Estado de Oaxaca.

ACERVOS OFICIALES 

Los objetos que se conservan en los museos de administración estatal, asentados en el territorio nacional, se han acumulado casi desde la consumación de la Independencia de México: a sólo cuatro años del triunfo insurgente, en 1825, se emitió el decreto de creación del Museo Nacional, destinado a contener colecciones de todo tipo, naturales y producidos por el hombre, de periodos prehistóricos, prehispánicos, coloniales y del presente. En cuanto a los bienes culturales, igual se incorporaron obras de corte antropológico, arqueológico, etnográfico, histórico que otras que serían conocidas como “artes e industrias populares”. 

El coleccionismo de piezas mesoamericanas, que recibían el nombre de “antigüedades”, ya existía en la colonia y se incrementó desde principios del siglo XIX. Eran colecciones que en su mayoría pertenecían a particulares y, por lo general, se disolvían a la muerte del coleccionista. Quiero mencionar que desde finales del virreinato fue tal el deseo social por lo arqueológico que pocas décadas después ya existían falsificaciones de monolitos, códices y pinturas que circulaban por todo el orbe. 

Para mejor conservar, investigar y exhibir las colecciones del Estado, la red de museos públicos recibió un impulso fundamental hasta la implantación del régimen emanado de la revolución de 1910 que, para fortalecer la infraestructura cultural, fundó la Secretaría de Educación Pública —justo hace 100 años—, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (1939) y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (1946), del que celebramos 75 años. 

Las colecciones que ellos resguardan, además de otros recintos regidos por los gobiernos de los estados, son producto de la instrumentación de estrategias mixtas: compras esporádicas, adjudicaciones interinstitucionales, legados y donaciones particulares, realizadas estas últimas a título individual o corporativo; todo ello explica el carácter híbrido y la enorme diversidad de tales lotes de objetos. Así, nuestros acervos no son resultado de un programa previamente planificado, sino de múltiples circunstancias e intereses de los hombres del poder político que sólo en contadas ocasiones han concedido recursos para compras específicas, han autorizado transacciones mixtas (donación-venta) o han aceptado legados, cesiones y donaciones especiales, sin que a la fecha se hayan oficializado programas con planes y lineamientos de crecimiento sostenido. Entonces, los bienes culturales —muebles e inmuebles, documentales y artísticos— que hoy conforman las colecciones del Estado mexicano han sido incorporados de manera circunstancial y aleatoria. 

EXHIBICIÓN. Sala con obras de la colección permanente, Museo Jumex. Foto: Fernando Marroquín T. Cortesía Museo Jumex.

COLECCIONISTAS Y AGENTES CULTURALES

En relación al rol asignado a los particulares, las políticas públicas fueron coherentes: no fomentaron el coleccionismo particular, pero tampoco solicitaron donaciones como método regulado de incremento de acervos ni se planeó complementar el presupuesto cultural a través de recursos provenientes de la iniciativa privada. En México, donar no ha sido hasta hoy un hábito de funcionamiento colectivo, como sí ocurre en otros países. Quiero destacar que han sido muy pocos los particulares apasionados por el arte que lograron negociar la exhibición permanente de sus acervos y conseguir el consecuente reconocimiento público. 

Eran prominentes miembros de la burguesía nacional o de la próspera clase política y tenían en contra tanto el raquítico estímulo estatal como el reducido interés que por el arte demostraran las elites capitalistas locales, secuela de una deficiente educación cultural. Casos destacados en el siglo XX: el político Marte R. Gómez, quien en 1966 acordó con las autoridades la cesión de un conjunto de piezas de Diego Rivera, ahora repartido en diversos museos del sistema INBAL y el yucateco Alvar Carrillo Gil, que en 1972 entregó su colección para crear el museo que lleva sus apellidos. Ambos son representantes de una ciudadanía que asume tanto sus derechos como sus responsabilidades culturales. 

Sus generosas aportaciones permiten constatar que —a pesar de todo— el coleccionismo privado es uno de los pilares que sostiene el patrimonio artístico que como sociedad poseemos. Esto ha sido así desde las primeras donaciones ocurridas aún en el periodo colonial, donde uno de los fundadores de la Antigua Academia de San Carlos entregó el óleo Alacena para iniciar la formalización de ese acervo, hasta el lote de casi 40 pinturas y dibujos de la autoría de Remedios Varo que donaron al INBAL Alexandra y Walter Gruen, a inicios de esta centuria, obras en las que hoy reside buena parte de la identidad del acervo permanente del Museo de Arte Moderno.

DE COLECCIONISTAS PRIVADOS A  FUNDADORES DE MUSEOS

Sobre todo, desde la década de 1980 y 1990, los coleccionistas privados asumieron un lugar protagónico en la escena artística, en la medida en que decidieron que con sus acervos fundarían museos y crearían fundaciones civiles para su gestión. Esto coincidió con un mayor desdén estatal hacia el fomento del arte y la cultura, propiciado sobre todo por la sustitución de la teoría política gubernamental hegemónica, que pasó de un Estado de carácter social al neoliberalismo. Con ello, los museos oficiales perdieron importancia como dispositivos de promoción, sobre todo por el escaso incremento de sus colecciones, desgastadas con décadas de exhibición y sin lograr incorporar a sus acervos permanentes el arte contemporáneo que se estaba produciendo.

DIEGO RIVERA. Paisaje zapatista, 1915. Óleo sobre tela. Cortesía Museo Nacional de Arte, INBA.

Gracias al empeño del célebre coleccionista originario de Alemania, nació el recinto que tiene su nombre, Museo Franz Mayer (1981). Él es equivalente en su relevancia a la que ahora representa Eugenio López, Museo Jumex (2013). Ambos marcan una impronta fundamental en el territorio del arte internacional. Otras fundaciones son de agentes culturales como Ángeles y Manuel Espinoza Yglesias (Museo Amparo en Puebla, 1991), Dolores Olmedo (museo fundado en 1994), Carlos Slim (Museo Soumaya, 1994), Alfredo Harp Helú (Museo Textil de Oaxaca, 2007), entre muchos otros, cuyos espacios contribuyen a la diversificación de la oferta expositiva en el territorio nacional. Algunos recintos eminentemente corporativos reflejan la concentración de poder económico del país, como Monterrey, precursor con la apertura del Museo de Monterrey en 1977 (hoy Fundación FEMSA) y el MARCO en 1991.

Concluyo que la política de centralización histórico-artística del Estado mexicano fue tan poderosa que sus directrices se replican, con sus resistencias, en las colecciones que se han formado en el ámbito particular o empresarial: no pretenden construir una genealogía del arte mexicano, sino documentar algunas corrientes artísticas hegemónicas, como la llamada “escuela mexicana de pintura”, que emblematizó a la posrevolución hecha gobierno. Son políticas culturales nacionalistas, conservadoras y centradas en objetos del pasado, con notorias excepciones. No sólo son acumulaciones con notorio valor simbólico —y comercial— sino, sobre todo, son ensayos de construcción identitaria que definen nuestro imaginario social.

Por Ana Garduño

PAL