CÚPULA

Colección del Museo de Arte de Sonora y del Museo Histórico y etnográfico de Caborca

Además de la investigación, la parte afectiva vale al cnformar un acervo por OCATVIO AVENDAÑO TRUJILLO

CULTURA

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Héctor Martínez Arteche (1934-2011), Monika Ejerhed (1942), Paula Martins (1958) llegados de CDMX, Suecia y Portugal han abonado al arte sonorense.

Hace seis años, el 21 de mayo de 2015, pisé por primera vez Sonora, gracias a la invitación de Oliver Yocupicio, un joven artista y entusiasta gestor del espacio autogestivo El rastro, una casa habitacional enfrente del Parque Madero en Hermosillo, que fue tomada para generar exposiciones con artistas locales y de ciudades cercanas. En esa ocasión curé una exposición que me permitió conocer a varios artistas jóvenes: Miriam Salado, entre ellos, y visitar estudios como el de Miguel Fernández de Castro en el Sásabe, al cual había invitado a participar en una exposición colectiva en el MAM de la Ciudad de México en 2013.

Desde entonces comenzó un diálogo y una amistad con Fernández de Castro que desembocó en la curaduría de su exposición Políticas de los estratos de 2016, presentada en el Museo de Arte de Sonora (MUSAS). Ese mismo año, el director del museo, Rubén Matiella, me invitó a realizar una exposición y la propuesta fue hacer una investigación del arte en Sonora que permitiera crear el acervo del museo, inaugurado en 2009 sin colección alguna, lo que representaba un problema conceptual y de vocación para el recinto y limitaba la investigación, exhibición y divulgación del hecho artístico en Sonora.

Con el total apoyo y compromiso del director del MUSAS, recorrí la mayoría de los municipios del estado visitando estudios y archivos públicos y privados para trazar una ruta crítica de investigación. El primer municipio en visitar fue Caborca, en el verano de 2016, gracias a Blanca Rascón, pude entrevistar a Sergio Rascón (1957-2021), lo que me permitió trazar el leitmotiv del arte sonorense del siglo XX entre su posición creativa y la de Abigael Bohórquez, poeta caborquense. Había una premisa: la impecable necesidad de posicionarse de manera crítica ante el conservadurismo y prejuicios, tanto estéticos como sociales. Es decir, la preeminencia de lo poético ante el precoz academicismo; fue gracias a Sergio Rascón que me doté del aparejo para seleccionar las obras que actualmente conforman la colección del MUSAS, que comprende de 1970 a 2017, y que me llevó a indagar el momento histórico en el cual se gesta la noción de arte como irrupción política desde lo poético: además de la poesía de Bohórquez, podemos encontrar, en el movimiento estudiantil de 1973, el grupo Los azules, denominados así porque los jóvenes integrantes vestían como los obreros, con jeans azules. Rechazaban el status quo de la Universidad de Sonora y, desde estrategias artísticas no objetuales, incidieron intelectualmente promoviendo el amor y la libertad como ideales sociales. La influencia que tuvieron de José Revueltas y Herbert Marcuse decantó en la revista Germen, que a pesar de tener una corta vida de publicación, era el único medio donde se promovía el pensamiento contemporáneo en todo el estado.

Bajo el estigma oficial de ser comunistas, se desató una persecución que terminó en los asesinatos de los estudiantes Luis Peña y José Shepperd. La Procuraduría del Estado de Sonora giró órdenes de aprehensión a maestros y estudiantes: hostigamiento sin precedente que llevó al exilio al maestro Mario Moreno Zazueta, el gran artista moderno sonorense, quien regresó a Hermosillo, y al joven Óscar Bernal a Oakland, California; gracias a su hijo, al galerista Emmanuel Volakis y a Rubén Matiella, pudimos repatriar una obra e integrarla a la colección del MUSAS, lo que permitió presentar por primera vez al público sonorense a un artista que llevó sus ideales políticos a una compleja serie de metáforas zoomórficas con tensiones psicológicas generada por la paleta fría que predomina en su pintura. La investigación que realicé en San Francisco y Oakland en 2017 para recabar información de Óscar Bernal, se complementó con información del movimiento estudiantil de 1973, con la asesoría del Dr. Arturo Valencia Ramos y la ayuda de Michell Parra.

Sonora es un estado constituido particularmente por migrantes desde el siglo XVII, con los misioneros jesuitas, mayoritariamente italianos, sucedidos por los ingleses, holandeses, franceses y estadounidenses que se asentaron en los siglos XVIII y XIX con la fiebre del oro, así como los polacos, alemanes y chinos a finales del XIX y principios del XX. Fenómeno que sigue ocurriendo. En la década de 1970, después del golpe militar en Chile, Guillermo Bonfil Batalla, entonces director del INAH, invitó a trabajar al historiador Julio Montané a México y en 1975 arriba a Sonora, junto con Helga Krebbs, su esposa, pintora de origen alemán que influyó en artistas sonorenses como Ethel Cooke, originaria de Estados Unidos y quien ha generado un archivo sobre el arte en el estado, que fue de gran ayuda para mi trabajo.

La investigación, que comenzó con los sucesos políticos de 1973 y bajo el visor de lo poético como canon, la encontramos justamente con los jóvenes artistas contemporáneos sonorenses, sobresaliendo el trabajo de Miguel Fernández de Castro, quien ha logrado desplazar la imagen de su relevancia formal para darle paso a lo fantasmagórico de la violencia y aniquilación que demarcan nuestro zeitgeist.

Actualmente, bajo mi encargo como Director de Cultura de Caborca y gracias a la confianza de Lupita Domínguez de Macías y el apoyo de Librado Macías, así como de la Fundación Bórquez-Schawarzbeck y Margarita Schawarzbeck, terminamos de construir el Museo Histórico y Etnográfico de Caborca y lo dotamos de una colección comunitaria arqueológica e histórica gracias a la colaboración de la comunidad, a Carmelita Guzmán, cronista de Caborca y al trabajo con el artista Carlos Martínez. La experiencia me ha llevado a reflexionar sobre la importancia, sí, de la rigurosidad de investigación, pero también a la preponderancia de lo afectivo, en este caso, hacia Sonora, su historia y su arte, —que desde hace seis años que llegué— han sido parte de mi quehacer diario, una parte de mi vida.

Por Octavio Avendaño Trujillo

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