CÚPULA

México y Estados Unidos, arte, cultura y música

Entre ambos países ha habido momentos luminosos de descubrimiento y colaboración artística

CULTURA

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Foto: Cortesía de la artista

Los territorios de lo que ahora son Estados Unidos y México estuvieron habitados por pueblos originarios que compartieron historias, magia y comercio, por siglos; desde luego también conflictos sangrientos y desastres naturales. Pero es realmente con la violenta llegada de los europeos al continente que comienza una guerra de identidades entre ingleses, españoles, franceses, holandeses y otros que establecen fronteras mentales, que se ven durante siglos como enemigos, e imaginan y escriben “leyendas negras”. Se olvida que el primer idioma europeo que se habló en la Unión Americana fue el español, no el inglés, y en San Agustín, Florida (1565), no en Nueva Inglaterra. Antes de que llegara el Mayflower, a finales de 1620, ya florecían las artes, las ciencias y las universidades en la Nueva España, pero la torpeza de los monarcas españoles llevó a su imperio a incontables descalabros y, a la par de la guerra de Felipe II y su “Armada Invencible” contra los protestantes ingleses, emprendieron una guerra ideológica, la llamada “Leyenda Negra” que dudaba de la validez de cualquier logro cultural que se originara en esas tierras “corrompidas por la superstición del catolicismo romano”. Esa guerra ideológica alimentó el desprecio, el racismo sobre cualquier cosa que viniera de más allá de las tierras angloparlantes.

Ha habido, no obstante, momentos luminosos de mutuo descubrimiento y colaboración entre artistas de ambos países. El mismo Scott Joplin, pionero del jazz y del “ragtime” tituló “Serenata Mexicana” a una de sus composiciones emblemáticas Solace, con el cadencioso ritmo lento que recuerda tangos y habaneras y que seguramente escuchó Joplin en versiones de las orquestas mexicanas que amenizaban las lentas travesías del río Misisipi. Los músicos mexicanos eran bienvenidos en las permeables fronteras del sur de Estados Unidos, a pesar de la mutua desconfianza después de la toma de los territorios mexicanos de California, Nuevo México, Arizona, Texas y otros estados del gigante del norte.

La amistad personal de artistas de ambos países, como Julián Carrillo y Leopold Stokowski, abrió las puertas al modernismo microtonal del mexicano, el llamado “Sonido 13”, a públicos de Nueva York, Filadelfia y otras urbes ávidas de asistir a una “nueva era” en la historia de la música “que no debía nada a Europa, sino que era el producto de un indio descendiente de los hijos de este continente”; el prestigio de Stokowski, sin duda, ayudó a la difusión y validación de la obra de Carrillo y si bien no fue el primer ejemplo de amistades entre músicos de ambos países, si resultó un temprano ejemplo de lo que podría desarrollarse en el futuro.

OBRA. Betsabeé Romero. Instalación acerca de la cocina mexicana en Washingston D.C., 2016. Cortesía de la artista.

En el marco de las políticas del “Buen Vecino” y la idea de un panamericanismo que uniera al continente para frenar simpatías por las fuerzas del Eje, principalmente en México, Brasil y Argentina, en tiempos de Franklin D. Roosevelt, surgieron varias figuras interesadas en la música de países otrora despreciados: el director de orquesta y lexicógrafo Nicolas Slonimsky viajó para adquirir partituras y conocer compositores contemporáneos por todo el Caribe y América Latina, esta gran colección sigue siendo una referencia y es consultada en la Biblioteca Pública de Filadelfia. El musicólogo Robert Stevenson estudia archivos en catedrales y Henrietta Yurchenco graba música tradicional en rincones apartados de México teniendo que transportar su pesado equipo de grabación a lomo de mula por senderos intransitables. Pero la amistad más emblemática va a ser la que unió a Carlos Chávez y a Aaron Copland. Chávez fue invitado a dirigir las principales orquestas de EU, a dar clases en Tanglewood durante el verano, a dictar las Conferencias Norton en Harvard, gracias a su amistad con Copland. Por su lado, el decano de los compositores americanos encontró un frente común con Chávez para rebatir y terminar con el eurocentrismo en la música de concierto. También encontró en México la amistad de otros músicos como el genial Silvestre Revueltas y sus viajes anuales le permitieron vivir con libertad su homosexualidad de closet, que lo sofocaba en el contexto tradicionalista y mojigato de los EU de mediados del siglo XX. Fue también en territorio mexicano que escribió una de sus obras maestras, Salón México, una brillante obra orquestal populista, que, con un lenguaje sencillo y accesible, viste con colores y ritmos originales temas escuchados en la fascinante vida nocturna de la Ciudad de México de entonces. Copland recibió a jóvenes compositores mexicanos en sus clases en Tanglewood, como Moncayo y Blas Galindo. Chávez colaboró con la coreógrafa Martha Graham, por supuesto Orozco, Rivera y Siqueiros trabajaban en Detroit, Dartmouth, Los Ángeles o Nueva York, daban clases a jóvenes que buscaban dar un propósito social a sus obras plásticas y reverenciaban a los muralistas mexicanos; un joven pupilo de Siqueiros habría de convertirse en el pintor más representativo de su generación: Jackson Pollock. Todo lo mexicano parecía estar de moda.

La música popular vivió una época de oro con figuras como María Grever en Nueva York, canciones que se publicaban y cantaban indistintamente en español e inglés con la misma nostalgia e intensidad amorosa que mantienen hoy. La música norteña fluía en Texas o California y se reconoce el talento de cantantes de origen mexicano como Ritchie Valens, primero en una interminable serie de artistas que encontró en Selena un fenómeno difícil, pero no imposible de replicar. Directores mexicanos acaparan Oscares y otros premios; actores, chefs y bailarines logran construir puentes y entendimientos que los políticos no logran edificar. En el campo académico encontramos profesores y líderes mexicanos en más y más universidades y conservatorios, y la demanda aumenta. EU es un país multicultural, se necesitan más líderes latinx o mexicanos para que el sector cultural lo refleje.

Por Benjamín Juárez Echenique

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