CÚPULA

Las canciones

Hay temas que son maravillas arquitectónicas, pero sólo existen al sonar y luego desaparecen

TORREBLANCA. Foto: Gabriel Cardona/tierradeluzfoto. Cortesía de Juan Manuel Torreblanca.
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Las usa mamá para arrullarnos. Las usan en la escuela para enseñarnos el alfabeto. Las usan en comerciales como parte de la seducción que nos llevará a gastar en sus productos. En las iglesias. En los mítines políticos. Las usamos para declarar nuestro amor. Las usamos para llorar. Las usamos para alivianar la soledad. Para conocernos mejor.

Las canciones son importantes. 

Quizás hoy se han vuelto gratuitas y... ese es un problema para otro día, pero no por eso dejan de ser importantes.

Me reencuentro con mi adolescente interior, lo recuerdo descubriendo el "Aquí", de Julieta Venegas en 1996, y descubriendo una necesidad inesperada, la de acudir (como si fuera un llamado) a donde esas canciones cobrarían vida; a verlas, escucharlas y cantarlas. 

Como un enamoramiento.

Como un espejo. 

Poco después es un atrevimiento. ¿Podría hacer algo así yo también? No. No lo logré para nada los primeros años. De los 18 a los 21 me pasé noches enteras en vela frente al piano, tratando de componer canciones. Pura basura. Puros retazos. Intentos que jamás llegaban a buen puerto. Pero, después, juntándome con mi querida amiga Michelle, empezamos a aterrizar algunas. Jugamos a hacer rolas “poperas”. ¡Qué alivio! Me permití ser cursi. Quizás le di risa a Euterpe, no sé, quizás le di ternura por trabado y solemne. Poco a poco me empezó a responder. 

Fue como si se abriera una puerta.

Y desde entonces y hasta ahora así veo la composición: como una casa etérea a la que entramos cuando ella decide abrirnos sus puertas. Entramos a escuchar y robar melodías. Lo de menos para mí (esto es confesión desvergonzada) es la teoría musical, “las reglas”, las fórmulas. El proceso de la composición es sumamente inconsciente. Algunas canciones me han llegado en sueños. Hay que tener algo con qué grabar a la mano para capturar el espejismo antes de que termine de evaporarse con el despertar hacia “la vida real”. También hacer canciones es como armar rompecabezas; rompecabezas intangibles en los que, al mismo tiempo, debes fabricar las piezas. Fabricarlas un poco de la nada. ¿Qué son las notas? ¿Qué son los acordes? Frecuencias, vibraciones emitidas al aire, al tiempo. Son efímeras. Son eternas.

 Hay canciones que son tremendas maravillas arquitectónicas; pero sólo existen por minutos, al sonar, y luego desaparecen. "Construção", de Chico Buarque por ejemplo: una rara avis que transforma a la canción en conjuro; como lo hiciera Clarice Lispector con el cuento. Atravesando esa puerta llegamos a una escena urbana, un albañil que va a trabajar alegre, que avanza en la construcción de un edificio, que tropieza por accidente, borracho, bailando como si hubiese música. Que cae. Que deconstruye la canción misma. Que mientras menos lógica se torna, más lógica resulta; y más conmovedora. Más contundente, más estremecedora. Una tragedia que rima en esdrújulas. Muero de envidia. De belleza. Muero a contramano entorpeciendo el sábado.

Y se termina la canción. ¿O sigue sonando en silencio en mi pecho.

Por Juan Manuel Torreblanca

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