Manzanero, todavía

Melómano erudito y pianista talentoso, fue conocedor de las canciones yucatecas, pero también de las nacionales e internacionales

Manzanero, todavía
ARMANDO MANZANERO. Cortesía: Sociedad de Autores y Compositores de México

En Angélica María, la novia de México (Reader’s Digest), biografía oficial de la diva mexicana, Carmen Barajas y Silvia Moreno narran los inicios de ésta en la industria discográfica. La escena está ambientada en 1962, en la oficina mexicana de la editora musical EMI, a donde Angélica había ido en pos de canciones para un anhelado primer disco, consecuencia lógica de los éxitos que ya había cosechado –cantando, incluso– en cine y teatro:

… mientras interpretaba La borrachita, entró al estudio un joven de baja estatura y gran carisma.

—¡No, no, esta “ninia” no debe cantar eso! —Y dirigiéndose a ella le preguntó—: ¿A ti qué es lo que te gusta cantar, bonita?

Ella respondió que las canciones de moda, como las de José Antonio Méndez, y en seguida él la acompañó al piano con Si me comprendieras…

Al oírla cantar, el joven se comprometió a llevarla a Musart para presentarla con el director artístico, Guillermo Acosta, y ver si era posible que grabara.

Ese joven bajito y talentoso que vio en ella a una gran cantante era nada menos que el enorme compositor don Armando Manzanero.

En Musart, Memo Acosta no dudó en ofrecerle un contrato, y le pidió a Manzanero que buscara canciones acordes con su estilo y que las montara para empezar a grabar en dos semanas.

La anécdota, que parece sacada de un musical hollywoodense –o de una película de Angélica María–, es altamente reveladora de quién fue Manzanero. Ahí está el espíritu de lo que se conoce como un maverick: el que desafió la prohibición paterna de dedicarse a la música –su padre, cantante talentoso, pero fracasado, que había recalado en el comercio–, el que comenzó a estudiar piano a los ocho y a tocar profesionalmente a los 12, el que a los 22 –tan sólo cinco años antes de esta escena– trocó la guayabera por el saco y la corbata para abandonar su natal Mérida y venir a probar suerte a una capital a priori hostil.

Ahí el melómano erudito y el pianista talentoso, conocedor de las canciones yucatecas, pero también de las nacionales e incluso de las internacionales, que aprendió de los grandes de la trova –Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas, Pepe Domínguez–, que supo encontrar los vasos comunicantes entre ésta y el bolero cubano –mi oído no entrenado, pero conocedor de los repertorios de ambos,  identifica la influencia de Ernesto Lecuona en la música de Manzanero–, que ya en la CDMX siguió los pasos de su mentor Luis Demetrio y asimiló las influencias de la chanson francesa, así como del Tin Pan Alley y el rock’n roll, no para copiarlas, sino para labrarse una voz –a un tiempo yucateca, mexicana, latinoamericana y cosmopolita: inconfundible– como compositor. Ahí, el productor versado y versátil: no sólo el modelador musical de Angélica María, sino el responsable de las reinvenciones de Luis Miguel, Tania Libertad, Susana Zabaleta y tantos más.

COMPOSITOR Y CANTANTE. Fotografía: cortesía de SACM

Los dos primeros discos de Angélica, de hecho, son testamento del talento de Manzanero, a un tiempo multifacético y de coordenadas claras: letrista dotado, supo escuchar lo que sonaba en Estados Unidos y en Europa y hacer para ella adaptaciones ingeniosas (y levemente irónicas) de la “Steady Eddy” de Dodie Stevens (“Edy Edy”), la “Johnny Get Angry” de Joanie Sommers (“Johnny el Enojón”), la “Mr. Muscles” de Carol Ventura (“Fortachón”), la “Baseme” de Renato Carosone (“Bésame”) y la “Everybody Loves a Lover” de Doris Day (“Vivaracho”) con nuevos arreglos. Más importante: le dio grabar “Paso a pasito”, no sólo su primer gran éxito como compositor, sino la piedra fundacional de su propio lenguaje musical.

Ese lenguaje iría depurándose y decantándose en canciones para otros (“No”, Carlos Lico, 1966), redundaría en un primer álbum con sus propias interpretaciones –Mi primera grabación (1967), que incluiría ya otro de sus éxitos tempranos, “Voy a apagar la luz”, retomada al año siguiente por un trío Los Panchos al que admiraba desde su juventud yucateca– y emergería pleno y pletórico en dos discos de 1968 que comparten en gran medida repertorio y hacen de ése su annus mirabilis: Los Panchos con éxitos de Manzanero y el propio A mi amor… con mi amor, con “Adoro”, “Mía”, “Esta tarde vi llover” y “Contigo aprendí” como parte del track listing de ambos.

La escucha de estas dos grabaciones resulta también en un ejercicio revelador y, más importante, reivindicador del talento de un Manzanero cantante siempre consciente de sus limitaciones, tanto como para bromear en sus memorias Con la música por dentro (Planeta), con los comentarios torpes de fans acaso sordos que le espetaban cumplidos pasivo agresivos, como “Canta usted de la chingada, pero compone bonito”. Lejos estuvo de cantar “de la chingada”: marcado por un rango limitado y un acento yucateco idiosincrático, supo sin embargo ser uno de los mejores intérpretes de su música y de la de otros, ya sólo por su evidente placer en lo cantado, por su ostensible comprensión de lo que cantaba, por su fraseo preciso y, sobre todo, natural.

Donde parte del encanto de Los Panchos deriva de una afectación rayana en lo camp que hoy nos suena imbuida de nostalgia, donde Luis Miguel resulta siempre perfecto, pero gélido, Manzanero es siempre natural, creíble, entrañable. Otro experimento: escuchar el poco conocido Angélica y Armando (1968); en sus duetos, Angélica María es claramente la dueña de la voz más poderosa y de la interpretación más vistosa; sin embargo, llega a incurrir en cierto vicio de teatralidad que nunca lastra a un Manzanero que, modesto y natural, ofrece siempre la posibilidad de empatía al escucha.

Como compositor, Manzanero construyó el universo que soñamos habitar. Como cantante, nos hizo vivir en él. Como hombre, será extrañado. Como presencia en la cultura de México y de gran parte del mundo, no se irá jamás.

Por Nicolás Alvarado


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