Alberto Gironella, Personajes

Ciertamente, la relación del artista con España –familia aparte– fue grande

Alberto Gironella, Personajes
Alberto Gironella. Homenaje a Pablo Picasso, 1971. Mixta sobre madera. Foto: Cortesía | Archivo Parra-Gironella. Foto: Cortesía | Archivo Parra-Gironella.

Texto publicado en Alberto Gironella: Barón de Beltenebros. Museo del Palacio de Bellas Artes, Editorial RM. Conaculta, INBA, 2003. Archivo Fundación Parra-Gironella.

Poco lo conocí en su primera juventud. No fue hijo del exilio español (sabemos que su madre era yucateca, y su padre catalán que vivía en México). Pero Gironella fue amigo, desde sus años muy juveniles, de los que serían jóvenes escritores ligeramente posteriores a los de mi generación. Menciono tres revistas que tuvieron su momento de importancia a mediados de los años 40: Presencia, que hacíamos en esos años Roberto Ruiz, Carlos Blanco, entre otros, bajo la guía de ese poeta y musicólogo que fue Jomí García Ascot. Gironella asistía con alguna frecuencia a nuestras reuniones. Segrel, que editaban Luis Ruis, Arturo Souto y Horacio López-Suárez, unidos, en algún momento, a la revista Hoja, de Tomás Segovia, quien, por cierto, también había estado algo fugazmente en Presencia. Gironella convivió con nosotros. En aquellos años lo que vagamente sabíamos era que iba a escribir una larga novela (era buen escritor) ¿Sería la que pensó publicar con el título de Tiburcio Esquirla?

Alberto Gironella. Diego Velázquez, artista fotógrafo, 1968. Óleo/ tela. Cortesía: Archivo Parra-Gironella. 

Erotismo catalán

Paso a su pintura. Me impresionó muy pronto su aspecto frecuentemente agresivo, a veces feroz; también su verdadera calidad, el “grosor” –¿Cómo llamarlo?– de la materia de su pintura. O, simplemente, la “materia” de esta pintura. Y una sensibilidad ligada al deseo, al erotismo y también a la ternura. Hay que decir que a pesar de lo catalán que a veces se sentía y de algo de catalán que alguna vez habló conmigo, su obra nada tiene que ver con Cataluña, salvo en algunos de sus pocos “comentarios pictóricos”. Así el de Salvador Dalí, a quien Gironella probablemente respetaba, pero a quien nada debía.

Ciertamente, la relación de Gironella con España –familia aparte– fue grande; intensísima con Valle-Inclán y, claro, con Velázquez y con su gran amigo León-Felipe. Hay que insistir: leyó y vivió a su España en el Quijote, al que deseó muy cercano, como en grado menor le ocurrió con Goya y totalmente con Velázquez, su Velázquez. También vio a España –cierta España– en los pequeños objetos que abundaban en casa de sus padres: las latas de sardinas, las de aceite, los granos de mostaza, alguna jarra de vino… ¿Hay en la obra de Gironella algún gran personaje mexicano? Lo hay sin duda en su Zapata, en cierta medida leído en el gran libro de John Womack y, claro, vivido por Gironella en su historia vivida en México. No hay que olvidar que la presencia de Zapata lo llevaría a llamar Emiliano a su hijo menor.

Alberto Gironella. Luces de Bohemia Valle-Inclán, 1988. Collage. Cortesía: Archivo Parra-Gironella.

Vuelvo a los pintores, ¿Qué representan para la vida y naturalmente para la obra de Gironella?

Lo verdaderamente importante aquí es la riquísima presencia de Velázquez. Un auténtico deslumbramiento y un verdadero amor en las “construcciones” y en las “destrucciones” que Gironella hace de su obra mediante los cuales logra penetrar –penetrar es la palabra– tanto en la obra de quien lo inspira como, naturalmente, en sí mismo. Las Meninas. En efecto Las Meninas es su cuadro más hondamente vivido. Estas mismas que en una primera visita al Museo del Prado apenas pudo ver cuando, según él mismo cuenta, una voluminosa señora se interpuso entre él y el cuadro. Sus Meninas. Se trata de revivirlas con la furia, la pasión y el amor en la rica materia vivida de la pintura de Alberto Gironella que también observamos en sus “variaciones” acerca de El entierro del conde de Orgaz.

Regreso a Las Meninas. ¿Son ellas o no son ellas? Lo son y no lo son. Se trata del cuadro de Velázquez, se trata también de una nueva manera de sentirlo, verlo, crearlo en una de las mejores obras pictóricas del siglo (este hermoso “retratar” a las Meninas como niñas “verdes”, “rosadas”, llenas de color).

D’aprés Diego M. Rivera. Retrato de Ramón Gómez de la Serna. Acuarela sobre papel. Cortesía: Archivo Parra-Gironella.

Ironía

La de Alberto Gironella fue una pasión que nunca olvidó, no la burla, sino la ironía que, como sabemos desde antiguo, es una forma de sonreír y también de conocer y de entender. Recordemos un solo caso, el de Velázquez sosteniendo una cámara fotográfica.

Delicadeza, ternura, insisto en ello. Así en el hermosísimo retrato de Bambi (1953), sensible en su rotunda presencia y aun en un cuadro lleno de humos, su tardía Madonna, entre el deseo y la luz.

Alberto Gironella. Potlatch a Octavio Paz. Mixta sobre madera. Cortesía: Archivo Parra-Gironella.

Termino con quien acompañó a Gironella toda su vida: don Ramón del Valle-Inclán. Dos retratos de don Ramón muestran su hondo afecto hacia el escritor que no conoció en vida. Uno de ellos, óleo de 1985, muestra la blanquísima barba del escritor que invade todo el rostro, un rostro iluminado, de ojos penetrantes, que también parecen mirar hacia adentro. El otro, de la misma fecha, rodeado, cosa de la ironía de Gironella, de un loro, una lata de aceite y, a la derecha, la gran R del nombre del escritor.

Ideas de bulto

Gironella tuvo una clara relación con el surrealismo y fue admirado por André Breton. No creo, como se ha repetido, que el surrealismo fuera decisivo en su obra; una obra que es, por decirlo con Salvador Elizondo, “pintura de ideas acerca de las ideas de la pintura”, pero “ideas” –si es que son ideas– nada abstractas, fundidas como están en el sentimiento, la pasión, la vida toda; ideas por decirlo con un clásico del siglo XX, que son “ideas de bulto”.

Por Ramón Xirau

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