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El escritor debe salir a la calle

El autor considera que la literatura mexicana es demasiado solemne; en su más reciente libro reúne cuentos que hablan de personajes comunes y corrientes

CULTURA

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La literatura mexicana, dice Carlos Velázquez (Torreón, 1978), le ha dado la espalda a la realidad. En la narrativa nacional, afirma, escasean personajes reales, como aquellos con los que a diario nos topamos en la ciudad. “Te sales a la calle, vas a la Merced, vas a la Bondojo, vas a Peralvillo, vas a la Guerrero y la realidad te estalla en la cara”, señala el escritor mexicano.

Velázquez está cumpliendo 11 años desde que publicó su primer libro La Biblia Vaquera, un título al que muchos ven ya como imprescindible. Ahora, ha vuelto con Despachador de pollo frito (Sexto Piso, 2019) para tratar de contar la historia de esos personajes que, dice, son ignorados por las letras mexicanas: “Creo que estamos viviendo una época en la cual la literatura mexicana le está dando mucho la espalda a la realidad”.

Un escritor, agrega, debe “salir a la calle y ver lo que está ocurriendo afuera, creo que la literatura mexicana de hoy es toda hacia el interior del escritor o de su misma reflexión, te encuentras literatura mexicana sobre gatitos, sobre dibujitos, pero no corresponde a la realidad”.

Esa verdad, piensa, está incluso a un lado, “vas por Reforma y te sacan el celular en el paso de cebra, antes de cruzar el semáforo; la literatura no se corresponde con la realidad, si antes era demasiado solemne, ahora es incluso negadora de lo que está ocurriendo. En una ciudad como ésta, me parece que el papel de la literatura no es darle la espalda a lo que está sucediendo en las calles y encerrarte en un microcosmos personal por muy intelectual que sea la experiencia”.

En Despachador de pollo frito, Velázquez reúne cinco historias llenas de humor ácido e ironía: un detective mexicano debe investigar la falsa identidad de Paul McCartney, un travesti que ve destruida su vida por problemas intestinales o un despachador de pollo frito que no puede controlar su gula ni su sed de venganza. Que las historias sean efectivas, señala, es su principal preocupación. Desde que dejó la escuela formal, no ha hecho otra cosa más que leer y tratar de aprender nuevos y efectivos modelos narrativos.

Velázquez comenzó a leer de manera arbitraria hasta que una antología de cuento norteamericano “que perdí en uno de esos divorcios”, le cambió la vida. “Ese libro me abrió la mente sobre el arte del cuento”. Aprendió el modelo de cuento clásico propuesto por Allan Poe y trató de reproducirlo. El cuento, afirma, debe incluir un conflicto y en él, debe haber una transformación emocional en el personaje para que subsista.

“A mí lo único que me preocupa es que mis cuentos sigan teniendo la misma efectividad, no perder el piso en el sentido de que nada más por publicar descuide la calidad de mis libros”, agrega. Los críticos que lo ubican como el nuevo Jorge Ibargüengoitia, dice, tampoco le importan, incluso piensa que otro de sus colegas es a quien más corresponde esa etiqueta: “Yo creo que el nuevo Ibargüengoitia es Antonio Ortuño, creo que tiene un humor más cercano a él”.

 

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Por: Luis Carlos Sánchez

IMU