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Adiós al patrón

CULTURA

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A un costado de la puerta de hierro forjado, un arco de alacranes que Toledo pidió traer del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, se formó ayer desde temprano un singular coro de dolientes que, de pie, en pequeños grupos o sentados en los maceteros del Museo Nacional de Culturas Populares, de Coyoacán, comenzaron a compartir una popular y azarosa biografía oral de Francisco Benjamín López Toledo. Al mediodía, una mujer se acercó al pedestal con una fotografía del rostro de Toledo, instalada por un trabajador en la entrada del museo, la cabellera de león viejo, la mirada penetrante como cuchillo, y le dejó en el piso un ramo de flores de colores. Era Amaranta Ruiz, de Oaxaca, 29 años, diseñadora. Nunca conoció a Toledo, aunque lo vio en la calle muchas veces, siempre callado y discreto. ¿Por qué ha venido toda esta gente a llorarle a alguien que no conocía? ¿Qué hilos emocionales lograba mover Toledo con su arte y una vida cerca de la tierra, intensa y comprometida? “Sin conocerlo, sé que era un patrón”, dijo Amaranta, mientras otra mujer de gafas oscuras besaba unas flores blancas y las acomodaba en el altar. ¿Qué era Toledo? ¿Qué significado tenía su presencia para la gente común? Las voces de quienes llegaron a rendirle homenaje formaron un mapa mágico, un cuerpo sin fronteras. “Estaba en tantos asuntos y representaba tantas cosas. Nos abrió sus casas, las hizo museos, y algo hermoso fue que compartiera su biblioteca, un gesto muy grande”, dijo Amaranta, que un rato antes, conversando con su papá, recordaba cuando era niña y en la biblioteca, junto a las tiras de Tin Tin, fisgoneaba revistas de heavy metal y dibujos eróticos de otros artistas. Toledo hizo posible que en los años 80 y 90 distintas generaciones se acercaran a grabados de Picasso, El Minotauro y La Celestina, o escucharan música de otras latitudes en la fonoteca que fundó. Toledo era recordado por su simplicidad de genio: las máscaras de mono que formó con tapabocas de papel y las imágenes que pintó en placas de radiografías que se aprecian en la exposición Toledo ve. Y la exótica belleza de las puertas talladas a semejanza del tronco espinoso de una ceiba y un platanal. Al pasar ante un telar adornado con simples ligas o los caparazones pintados de colores o los mosaicos con imágenes de monos y elefantes y formas geométricas, los dolientes sollozaban y se sorprendían. “Que delicadeza”, decían unas señoras. “Pura filigrana”. “Que erotismo”. Una señora de cabello blanco, acompañada por su nieta, hacía notar la creatividad infinita de Toledo, que transformaba basura en arte deslumbrante y comprometido como su posición política, indigenista, un artista respetado y cuya voz importaba en la sociedad. “Siento un vacío y un dolor” –decía otra mujer–. ¿Qué va a pasar con todos los espacios que nos compartió?” En un muro reposaba el último encargo del maestro: una caja de cartón con jitomates orgánicos producidos por campesinos oaxaqueños, marca La Era. No quería nada impostado. Adiós al generoso y genial hombre lagarto. Por Wilbert Torre iorm