José Luis Cuevas: Mi experiencia taurina

CULTURA

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En 1940, cuando tenía seis años de edad, dos hechos sangrientos me llevaron a saber que existía la fiesta brava. Finalizaba 1940 y mi madre fue avisada que mi padre se encontraba en un sanatorio particular, pues estaba gravemente herido como consecuencia de un accidente aéreo. Mi padre, Alberto Cuevas Gómez, era un intrépido piloto aviador muy afecto a los vuelos riesgosos. Gustaba de hacer acrobacias y, en muchas ocasiones, mi hermano y yo lo acompañamos en esos vuelos en los que se jugaba la vida, y la de sus hijos, piloteando aviones descubiertos de procedencia militar. Pues bien, el 29 de diciembre mientras en mi casa mi madre preparaba la cena de año nuevo y sus tres hijos pedíamos se nos llevara a ver los juguetes que se vendían en aquella tienda que era paraíso para los niños de entonces, llamada El Jonuco, cuyos propietarios eran japoneses, una llamada de teléfono nos informó que mi padre, al aterrizar su avión en el aeropuerto de Balbuena, había sufrido un percance y estaba hospitalizado en un sanatorio que, por estar muy cerca de la plaza de toros, era un lugar donde se atendía a toreros heridos. Ya no se cumplieron nuestros deseos de visitar la tienda de juguetes y nos fuimos en el auto Willis al lugar donde estaba mi padre. Lo encontramos ya encamado y con los ojos muy abiertos. Tenía la cara vendada y en una silla estaba su saco, todo manchado de sangre. Su estado no fue grave y en pocos días sanó del todo. De ese accidente sólo quedaron unas cicatrices en el labio inferior. Yo desde la ventana miraba hacia la Plaza El Toreo y me entretenía oyendo los olés con los que el público, entregado, festejaba la actuación de Alberto Balderas.

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Por comentarios que venían de la calle me enteré que toreaba su primer toro de la tarde. No me separé de la ventana. Me hubiera gustado estar dentro de la plaza, pero me conformaba con oír los comentarios de los que seguían lo que sucedía a través del radio. Cuando me desprendía de la ventana y me iba a caminar por los pasillos, oía también a las enfermeras y los médicos que hablaban de lo que sucedía en la plaza. Así fue que escuché decir a un grupo de mujeres y hombres de blanco que salían de un cuarto donde había un radio, que el torero Balderas había sido embestido por su segundo toro. Pensé que lo llevarían al hospital donde se encontraba mi padre, pero ya no salió de la enfermería de la plaza de toros, donde falleció como consecuencia de una terrible cornada en la región hepática. En mi casa no se daba la afición por los toros pero a mí me gustaba ver películas sobre temas taurinos. Antes de que empezara la adolescencia ya había visto torear a Lorenzo Garza, Silverio Pérez, Luis Procuna, Pepe Ortiz y Chucho Solórzano en películas de escaso interés cinematográfico pero que contenían escenas de grandes corridas. En esa época quizá tracé algunos apuntes de toreros ensartados en los cuernos de los toros. Además era yo afecto a ver lo lunes en los periódicos nacionales los apuntes que hábiles dibujantes hacían de las suertes toreras del domingo. Copiaba yo entonces los dibujos del español Ricardo Marín y recortaba las reproducciones de otro pintor taurino, de técnica impresionista, que era Ruano Llopis. Todavía no conocía las grandes tauromaquias de Goya y de Picasso, quizá los pintores que más han influido a lo largo de mi carrera de pintor.

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Por no ir a los toros, la pasión por la fiesta no se daba en mí de manera poderosa. Mi descubrimiento profundo del drama taurino sucedió cuando vi la película Torero que produjo Manolo Barbachano Ponce y dirigió Carlos Velo quien, según propia confesión, “detestaba los toros”. Sin embargo, realizó la que, según mi juicio, es la mejor película de tema taurino. En los créditos de esa cinta figura Fernando Gamboa como “asesor”. Ya para entonces ese gran museógrafo y aficionado a la fiesta era mi amigo y él fue quien me llevó a ver toros y a aprender de su propia voz todo lo referente a la lidia, en la que el valor y el arte se hermanan. Nada referente a los toros me es ajeno. En mi biblioteca hay una sección donde están los libros, muy leídos, muy consultados, sobre historia del toreo y aquellos que escribió el poeta José Bergamín que ya son clásicos: El arte de birlibirloque, La claridad del toreo y La música callada, quizá el más bello libro taurino desde los textos llenos de colorido de Pepe-hillo, a quien por cierto Picasso ilustró con grabados que en su momento fueron renovadores en el aspecto técnico.

Torero por un día

Mi afición me llevó a los libros sobre el tema, a estudiar los cuadros de los grandes artistas taurinos y a mirar muchas películas documentales para conocer los diferentes estilos de “jugar” con los toros de los grandes maestros de esta fiesta maravillosa que uno quisiera no fuera suspendida nunca. Esto lo digo porque hay constantemente campañas en su contra, porque se considera “inhumano” el trato que se da a las bestias (toros y caballos). Pero, como dijera Pepe-hillo, la finalidad de la lidia es la muerte del toro. Mientras ésta llega, el torero y todos aquellos que están en la arena juegan con la muerte que soma en cada lance. En una tarde de toros puede suceder lo imprevisible, incluso que el toro sea indultado y se vaya feliz a disfrutar de las “toras”. Hablaba yo de los libros que adornan mi biblioteca y de las películas y de las tauromaquias de los grandes pintores. Pero la entrega a la fiesta me llevó a querer vivir la experiencia de estar en la arena y sentir al toro. Quise vivir aquello y, teniendo como maestro al torero y cronista taurino Víctor Portillo, me iba dos o tres veces en la semana a recibir mis lecciones a los Viveros de Coyoacán. Cuando Portillo consideró que mis conocimientos ya me permitirían pisar un ruedo, consiguió que fuera contratado para debutar como aficionado práctico en la plaza Hank González del Estado de México. Mi nombre apareció en el cartel pero no se me permitió que lo dibujara. El empresario creyó más en mí como novillero que como artista pintor. Esa tarde constituyó mi debut y despedida. Toreé con poca gracia y nulas aptitudes. Fue una noche triste para mí. Víctor Portillo también estuvo deslucido. Ya anocheciendo, hicimos un recorrido por diferentes carnicerías para vender la carne de los animales destazados en la misma plaza. Esa fue la paga que nos dieron. Mi parte la regalé a mis compañeros de esa triste tarde de toros. No quise quedarme con un solo centavo. No lo merecía. Esa noche no puede dormir y en mis oídos seguían retumbando los chiflidos y los insultos con que una chusma enardecida había castigado mi osadía de enfrentarme al animal astado.

El grafista de México se desdibuja

Mi afición por la fiesta permaneció intacta y seguí asistiendo puntualmente durante las temporadas en plazas españolas y mexicanas. Desde mi barrera sí tuve muchos reconocimientos. En cuatro ocasiones se me ha brindado la muerte del toro. Con lo que no he cumplido es con la vieja promesa de pintar temas taurinos. Lo he intentado pero, frente a la superficie en blanco, mi mano se paraliza. Cuando me dispongo a dibujar alguna suerte torera, siento el miedo de los toreros, ese miedo tan bien reflejado en la película Toreo. Texto original: Tauromaquia Mexicana, Imagen y Pensamiento (Gárgola Ediciones, 1994).