Luthfi Becker, maestro de la laudería mexicana

La escuela surgió porque no había quién reparara los instrumentos de cuerda de las orquestas nacionales; hoy, a más de 30 años de su fundación, se ha consolidado dentro y fuera del país

Ilustración: Marco Fregoso
Ilustración: Marco Fregoso

En la década de los 80, el INBA buscó en Europa a alguien que pudiera dar una conferencia o un curso breve sobre cómo reparar los instrumentos de cuerda: violines, violoncelos, contrabajos, porque el sindicato exigía que la institución se hiciera cargo del mantenimiento. El gobierno francés recomendó al historiador de arte y reconocido laudero Luthfi Becker, quien viajó a México en marzo.

El también músico encontró que no había ni materiales ni condiciones para empezar algún tipo de enseñanza, a pesar de que había personas que deseaban aprender este viejo arte. Luego de un mes sin poder concretar nada, Becker regresó a su país.

Las autoridades lo volvieron a contactar luego del temblor de 1985 pero para proponerle que hiciera una escuela. El maestro Luthfi puso condiciones: tenía que ser una institución de estudios superiores para quienes estuvieran interesados en reparar y construir instrumentos de cuerda con los parámetros tradicionales de un oficio tradicionalmente europeo.

Así que en 1986 regresó a México para poner en marcha el proyecto. Al año siguiente abrió sus puertas la Escuela de Laudería en la colonia Condesa, donde permaneció cinco años. El maestro Becker se ocupaba hasta de los menores detalles: Era yo todólogo, dice.

Pero no estaba satisfecho; por el ruido urbano y las dificultades de traslado de los alumnos de provincia, y con un deseo de descentralizar la enseñanza y llevar el desarrollo musical más allá de la Ciudad de México, Becker se dio a la tarea de buscar un lugar afín a su sueño para fundar una institución que pudiera prosperar y consolidarse, y encontró en Querétaro el sitio ideal para ello.

El francés estuvo al frente de la licenciatura en Laudería hasta 2005, aunque sigue al pendiente: Soy un poco el papá de la escuela. De igual manera, el maestro sigue trabajando; construye y repara instrumentos para los músicos del país. En su taller, Mi torre de marfil, como él lo llama, acaba de construir al que considera su último violoncello, encargo de Bendegúz Kovacs, músico húngaro y principal del grupo de cellos de la Orquesta Sinfónica de Querétaro.

Es el último porque es un instrumento grande el cello y ya me canso, comenta el también músico quien señala: Para construir un instrumento, hay que saber cómo suena, y como tocarlo; yo toco violín, viola, cello, contrabajo y viola de gamba, un instrumento medieval que ha tenido mucho auge porque se puso de moda tocar música barroca.

A lo largo de 33 años, el fundador de esta institución mexicana con reconocimiento mundial tiene a alumnos e instrumentos dispersos por todo el mundo. Sus obras se identifican por un sello particular, un registro equilibrado, dice, sobre todo en las cuerdas graves. Tienen una gran profundidad, porque hoy el gusto musical de la gente tiende a los sonidos graves; quieren que un violín suene como una viola, y que una viola lo haga como un cello. No es como en la época de Mozart, donde se esperaba que un violín tuviera un registro muy claro, muy brillante, lo que está en armonía con la música de su tiempo.

Por Carmen Sánchez

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