La digitalización de la intimidad

En Kentukis, la argentina describe los límites de la tecnología y la relación de los seres humanos con ella

Samanta Schweblin ha sido señalada como una de las mejores cuentistas argentinas de las últimas décadas. Foto: ESPECIAL
Samanta Schweblin ha sido señalada como una de las mejores cuentistas argentinas de las últimas décadas. Foto: ESPECIAL

Una mezcla de peluches y robots –similares a los muñecos furbys de finales de los 90– pero que son manejados anónimamente por personas a través de una computadora a miles de kilómetros, son los kentukis, protagonistas de la más reciente novela de Samanta Schweblin.

La idea de los dispositivos le vino mientras pensaba en los problemas legales que están generando los drones, supongo que hice un cruce con las redes sociales y otros dispositivos, y cuando llegué a la idea de lo que era un Kentuki me pareció raro que no existieran, porque en realidad es un dispositivo de comunicación mucho más rudimentario. Así fue que surgió su inquietud de que algo tan simple y tosco no existiera.

Schweblin describe las relaciones de los propietarios con sus kentukis, desde el punto de vista de los amos y de los que permanecen en el anonimato, siendo peluches robóticos, tras la pantalla de la computadora y que se pasean libremente por una casa ajena, explorando la intimidad de quien compra el artefacto.

En Kentukis, la escritora no quería hablar de tecnologías, quería sacar ese problema de la ecuación, lo importante es ese otro con el que conectamos; la tecnología exponencia, agudiza, amplifica, pero el movimiento detrás sigue siendo una intención humana. Para Samanta, el mal no es la tecnología, sino el ser humano que está detrás de ella: Pareciera que, digitalizadas nuestras intenciones, todo fuera menos peligroso.

Y otro agente extra, pero no menor: los trolls. Una investigación alemana del año pasado asegura que, en Twitter, 30 por ciento de nuestros contactos son trolls. Supongo que el comportamiento violento y provocador de tantos perfiles falsos también naturalizan esos comportamientos en las redes.

Pese a que muchos consideran a esta novela ciencia ficción, la autora no lo califica como tal: Intuyo porqué se usa esa etiqueta; pero me llama mucho la atención el hecho de que vivamos con tanta naturalidad en este mundo hipertecnologizado, en el que ya nada parece sorprendernos, pero cuando algo de eso pasa al territorio literario se lea como ciencia ficción.

Schweblin considera que naturalizamos fácilmente las tecnologías pero no las estamos pensando a fondo, no estamos estableciendo límites, y por eso todavía, en el plano literario, que es donde más nos pensamos y nos medimos, se siente aún como algo ajeno, de ciencia ficción, agregó. Además, no cree que la tecnología haya afectado a su escritura, ya los cambios que le tocaron a su generación no fueron grandes.

Empecé a escribir en computadora en cuarto grado, porque mi papá era programador. Tampoco considera que haya cambiado radicalmente la lectura, como sí sucedió cuando se metió en el cine, el teatro o la música. Con la literatura apenas cambió el soporte en el que se lee.

Quizá sea esa atemporalidad con la que funciona la literatura la que la hace tan única y especial. Quizá la única tecnología con la que trabaja es el cruce entre los espacios que concibe el que escribe, y los espacios que ocupa el que lee. No necesita nada más

Por Melissa Moreno

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