El títere, un arte que lucha por subsistir

Un pequeño museo, ubicado junto a la iglesia de la Candelaria, abre sus puertas cada domingo para exponer 300 esculturas movibles que en escena dan vida a personajes históricos como Sor Juana, Kahlo y Van Gogh

Sus refinados rostros y elaborados ropajes revelan los gustos de una época en la que el teatro era quizá el espectáculo más visto
Sus refinados rostros y elaborados ropajes revelan los gustos de una época en la que el teatro era quizá el espectáculo más visto FOTO: Nayeli Cruz

Héctor Mendoza, titiritero y alumno de Alfín Rosete Aranda –uno de los últimos maestros del teatro mexicano de marioneta–, ha conservado parte de la antigua colección de la Compañía de Títeres Rosete Aranda y dirige un museo donde también ofrece funciones de teatro.

Cada domingo, en punto de las 11:30 horas, Héctor Mendoza abre sus puertas en el Centro Cultural Alfín Rosete Aranda. El maestro Alfín abrió el Museo en 1995 y, tras su muerte, yo lo adquirí para dejar de pagar renta. Al cambiar el uso de suelo y comprobar que tenemos objetos de interés cultural, se pudo abrir el Centro en 2010, comenta Héctor.

Mendoza dirige personalmente el Centro y da mantenimiento a las más de 300 piezas del acervo. Se ha dedicado a preservar el arte casi extinto de las marionetas o autómatas, como ofrecía la publicidad de Rosete Aranda en el siglo XIX. Esa familia marcó con su apellido una empresa teatral que fue exitosa y una época en la cultura popular mexicana.

El arte de aquellos viejos titiriteros tenía como propósito construir auténticas esculturas móviles. Los títeres tradicionales miden hasta 70 centímetros de alto; sus pequeños cuerpos de madera reproducen la anatomía humana a escala y están unidos en las articulaciones para procurar sus gestos.

Sus refinados rostros y elaborados ropajes revelan los gustos de una época en la que el teatro era quizá el espectáculo más visto.

En el Museo del Títere, los muñecos –mitad juguete, mitad escultura– representan a personajes como Sor Juana Inés de la Cruz o la Virgen de Guadalupe acompañada de Juan Diego.

Destacan también Benito Juárez, Frida Kahlo, Vincent Van Gogh, con sus enormes girasoles; personajes prehispánicos como Nezahuacóyotl, obras que reflejan el propósito didáctico que tuvo el teatro de títeres en sus mejores tiempos: corridas de toros, orquestas típicas y adaptaciones de ópera, como El payaso, del compositor italiano Leoncavallo. Dramas literarios como Romeo y Julieta, misma que se presenta cada domingo en el teatrino, como se llama el escenario para estos espectáculos.

En sus días de gloria, la Compañía de los Rosete Aranda tenía una carpa con capacidad para 700 asistentes y todos los recursos técnicos disponibles, incluida una orquesta, para ofrecer hasta tres funciones diarias.

Tras la muerte de Leandro Rosete Aranda, en 1910, la compañía y el oficio empezaron a declinar. En 1912 la compró Carlos Vallejo Espinal, iniciándose el periodo conocido en la historia de los títeres mexicanos como Rosete Aranda – Espinal.

Este grupo realizó sus últimas funciones en 1958, en el programa de televisión La ópera en miniatura, y los títeres tuvieron distintas suertes: algunos fueron a dar a las manos de José Solé y con ellos realizó el espectáculo Titiriglobo, mientras que aproximadamente 300 se fueron a Zacatecas con el pintor Rafael Coronel. Aquí es donde empieza la historia del Museo, porque Alfín Mejía Barón recibió más de 70 marionetas para restaurar, y Mendoza lo acompañó en los primeros tiempos del recinto.

Por Carmen Sánchez

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